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#8M: Reencontrando la esperanza y la ternura

Almita cortaba flores silvestres y otros arbustos. Las iba colocando ordenadas en su brazo. Cuando la vi, le pregunté por qué no las recogía del suelo. Son para el altar de Berta, me dijo con una sonrisa que, junto al sol de mediodía, iluminaba todo el cerro. Tiene unos siete años. Es de contextura delgada. La mirada es suave. Sus chancletas de hule no le impidieron bajar casi corriendo aquella montaña llena de milpa, esa que rodea al Río Gualcarque. Estaba en el santuario de Berta y los espíritus guardianes.

Hablar de esperanzas en un país que agoniza es como intentar encontrar un gramo de conciencia en la mente del cualquier cachureco, es decir, es una cruel pérdida de tiempo. Sin embargo, es justamente el tiempo desperdiciado en intentos, en preguntas, en reuniones, en discusiones de whatsapp, en relaciones, en graves errores, lo que me ha llevado a cuestionarme todo, incluso mis certezas de vida más fundamentales. No es cierto que murieron las esperanzas, no es verdad que ya nos vencieron.

Todo, absolutamente todo lo que damos por sentado, puede derrumbarse con un soplido. Las ideas, los feminismos, las rebeldías y mi propia búsqueda me han enseñado que no sólo es necesario, también es urgente romper con toda la puesta en escena, quemar los muros implantados, reconstruirte, reparirte cada vez, todos los días. Esta realidad colectiva tan cabrona, llámese neoliberalismo 2.0, nos va lanzando golpe tras golpe y ha sido nuestro instinto más oprimido por el patriarcado el que nos despertó de la larga noche. La nueva cacería de brujas no es casualidad, las nuevas formas de destrucción a las mujeres y al medio ambiente tampoco lo son. Estamos llamadas por la misma naturaleza a defender nuestra tierra, a defender los cuerpos, los bienes comunes, la vida comunitaria. Estamos llamadas todas a forzar el parto de un nuevo mundo.

“Quemarlo todo”

Hace cuatro años estaba convencida que la educación superior era el único camino, -o, al menos, el más viable- para ser libre. Luego, tras varios coscorrones, me convencí que la academia (occidental moderna) es otra estructura corporativista, carcelaria y piramidal que sólo busca seguir explotando-acumulando, ya sea conocimiento, dinero y/o prestigio. Es otra extensión del capitalismo. Tiene más títulos el que puede pagárselos y entre más títulos tenés, más rápido llegarás en la cima, aunque tu obra se trate de explicar cómo somos las mujeres, lxs pobres, lxs indixs y lxs negrxs, los eternos condenados del “Tercer Mundo”, esxs que tanto mencionan les “analistas internacionales” en sus papers, documentales y libros que ningunx de nosotrxs verá en su vida.

Estoy cansada de la hipocresía, del lobby internacional, de las hienas con “alta educación”, de la limosna de los cooperadores, de lxs intelectuales de aire acondicionado, de todo negocio que se lucra con el dolor de las mujeres y de los menos privilegiados. También estoy harta del feminismo amarillo, fresa, gourmet, blanco. Me tienen asqueada, igual que los machos que se disfrazan de aliados. Y es tiempo de voltearse a ver en el espejo, dejar de ver tanto al norte. Comenzar a diferenciar las luchas estratégicas de los oportunismos de siempre. De comprender que nuestros intentos de liberación desde el privilegio no calzan con las revoluciones de conciencia que desatan las mujeres por defender la tierra y el agua.


En Honduras hace rato estamos hartas de la farsa. Pero desde el privilegio hacemos muy poco para salir de ella. Nuestro “despertar” no sirve si no reconocemos el camino que han forjado las olvidadas de siempre. Las que nunca serán reconocidas en un escenario, pero han ideado nuevas formas de lucha. Esas manos incansables que echan tortillas de maíz amarillo en el comal mientras delegan como comandantas guerrilleras. Eso me lo han ido enseñando las feministas de a pie, las que no saben qué es una maestría, una tesis, una conferencia, esas que nunca han leído un libro pero saben más de conspiraciones y estrategias que cualquier asesor o estadista que cobra miles de dólares al gobierno de turno.

Así estaba de cansada y harta cuando decidí irme de Honduras. Poco antes de mi huida, asesinaron a Berta Cáceres. Era de madrugada cuando vi la noticia en la página de Radio Progreso. Ese día tenía un viaje de trabajo en La Ceiba. En el bus de la UNAH iban varias personas llorando. Sentí ese golpe en el pecho. ¿En qué lugar he decidido nacer? ¿Quién seguirá? Yo no tenía idea del impacto que su muerte tendría en mi vida, hasta que conocí el Gualcarque y conocí a la verdadera Berta, ya no a través de su familia y amigos, sino a través del río, del cerro, de Rosalina, de lxs niñxs que hablan de ella como un mito. Esta es la lucha que lo atraviesa todo, me dije. Esto es a lo que tanto le temen los señores de la guerra. Ahora comprendo porqué dicen que la victoria es nuestra.

Parteras

Hace dos años regresé a Honduras y como era previsible, todo, o casi todo, está mucho peor. Cada vez quedan menos bastiones seguros, pero han sido ellas, las olvidadas de siempre, las que resurgen los sueños de esta alma cansada. Esas mujeres que son poco reconocidas en la academia timorata que, de a poco, así como el capitalismo, se va rompiendo, se va quemando por dentro. Ahí y solamente estando ahí, logré darme cuenta para qué y contra qué estamos luchando.

Los feminismos de montaña, maíz, leña, machete y café me respondieron algunas de las tantas dudas que tengo. La primera y la más importante es que, a pesar que rompí mis estructuras, todavía sigue existiendo la esperanza, no sólo en el occidente de Honduras, sino en cada corazón que resiste a la bota militar con toda la fuerza sobrenatural de la rabia, pero también con la alegría y el amor que trasmite la promesa de una nueva realidad, donde no caben ni el puto racismo, ni el puto patriarcado y tampoco el reputísimo colonialismo. No nos cansaremos de gritarlo, hasta que la dignidad vuelva a ser costumbre.

Somos las parteras de un nuevo mundo y justo acá, en Latinoamérica, donde el neoliberalismo encontró el abono perfecto para esparcirse, nos seguimos convenciendo que el futuro será nuestro, de las mujeres que resistimos con toda la fuerza y la abrasadora ternura a este oscurantismo profundo. Estamos seguras porque lo dijo Berta y a ella, se lo dijo el río.

En el camino nos íbamos reconociendo los rostros. Los más güirritos corrían y escalaban con gran destreza, ni asomaban una gota de cansancio. Yo me prometía –una vez más- dejar de fumar, mientras me ahogaban los pulmones. Cuando llegamos a El Roblón, me encontré a Marlene. Ese era un lugar especial para todxs, era un punto de referencia. Más adelante, justo al lado de la vereda estaba un palo de naranjo. Aquí descansábamos y comíamos naranjas con Berta, pero cuando la mataron, el árbol se secó por completo, me dijo.



Foto: Radio Progreso – Eric-SJ Documental: Guardiana de los ríos

 
 
 

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