Desidia
- Lizbeth Guerrero
- 24 abr 2025
- 7 Min. de lectura
una batalla contra el olvido, los seres de luz y la venganza
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“—¿Sabe qué hago cuando la gente me hace daño?, le decía a Hani. Yo sonrío
de su estupidez. Porque el Espíritu Santo lo vigila todo. Si ellos no saben siquiera que aquellos que hacen mal recibirán mal, entonces no saben nada.
La amarga convicción de su risa era un poquito asustadora.”
Jimmy Weiskopf
Dos judíos y un cristiano toman yagé en la maloca

Las rosas del jardín por fin están floreciendo. Gracias al cuidado minucioso de Karla y a este verano, que estuvo confuso, con lluvia, frío y con uno que otro caos emocional.
La tierra ofrece todo, aún cuando creemos que ya no queda nada.
Volteo a ver esta nave espacial y me quedo asustada de ver cómo se ha transformado en un hogar, aunque me sigue pareciendo lejano, enorme, frío.
Hace cinco años, en medio de una pandemia y unas cuantas crisis mundiales, no lo hubiera imaginado. Me acuerdo que lo único que tenía era un colchón, una estufa, una refri, mis libros, una maleta con ropa y un pequeño gato estilo vaquita, que lo primero que hizo al llegar, fue mearse y cagarse en los libros, luego me fue salvando la vida de a poco, en compensación. Estamos a mano.
Sigo creyendo que todo lo que está aquí no me pertenece, ni siquiera el boticario, que es mi tesoro, o el romero que tanto me costó cosechar. Para una luna en tauro como yo, es un verdadero viacrucis el desapego. Me gusta pensar que las cosas tienen ánima porque una se las confiere. Los libros, por ejemplo, siempre me buscan, se pierden para que los encuentre, aparecen en cajas y en lugares insólitos que seguramente esconden los duendes en venganza por no dejarles dulces en las esquinas. Saber que todo lo creado será útil para otras personas, me da una sensación de alivio. Nada traes y nada te llevarás.
Nuestra pequeña fábrica y el minimercado de brujas verdes es uno de mis mayores orgullos en esta vida. Muy modestia aparte. Porque sabía lo duro que era lograr que se mantenga a flote con lo mínimo, aunque ahí tenga depositada tanta energía, soy consciente que también es el trabajo de muchas otras personas. Pero me gusta pensar que seguirá funcionando con o sin mi presencia.
Cuando decidí quedarme a vivir en Honduras, sabía que tenía que inventarme alguna forma muy creativa - que no sea como las que decretó Juanita Pavón- para no caer de manera estrepitosa -de nueva cuenta- en la desidia. Así que ideé este mundo de colores neones, plantas, piedras y pelos de gatos por doquier. Me entregué sin reparos a la belleza, pero me alcanzó, sin piedad, esa realidad galopante que te succiona el alma, este inframundo tropical, que tiene la rareza de hacerme tan feliz y tan desdichada casi con la misma intensidad. Cada vez me cuesta más la paciencia para tratar con personas intransigentes. Mi resiliencia ha llegado a los niveles máximos, como una represa a punto de estallar. Y me cuestiono todo el camino recorrido. ¿Para qué seguir sanando/limpiando/resignificando cuando siempre estará listo un hijodeputa para ponerte el pie? Entonces me detengo. Toda la maquinaria se paraliza. Me entrego deliberadamente al agobio.
Desde octubre del año pasado he postergado este enfrentamiento -duelo a muerte- con la desidia. La terquedad de seguir confiando en las buenas intenciones de las personas, me han dejado muchos calambres físicos y espirituales, a tal punto de dudar de mi propia fe. “Al final esto va de aprender a conservar la esperanza”, me decía ayer una de mis maestras . Pero es la duda la que alimenta la fe, dice el Cardenal Lawrence, interpretado por Ralph Fines en Cónclave (2024), a propósito de la muerte de Francisco, que refuerza esta sensación de abandono y melancolía.
Cuando el ego espiritual te muestra hermosos jardines y maravillosas sensaciones de amor y magia universal, es cuando más cerca está de llegar otra noche oscura del alma, la sombra, esa que tanto dicen los místicos antiguos que es necesario abrazar para comprender que nunca fue antagonista de la luz. YinYang. Se integran, se acontecen una de la otra. Y ante ese misterio, no he podido doblegarme, especialmente cuando te lleva la gran puta desesperación por resolver todo lo mundano -lo impuesto, las cadenas invisibles, los cuentos abominables del capitalismo-. Cuando te dicen que es mejor reírse del mal que te hacen, porque el otro no sabe que todo mal ejercido, se devuelve, como dijo el taita Wilmer, “un hombre de unos cuarenta años, moreno, cuya calvicie le daba a su cráneo la genialidad de una calavera”, como lo retrató Weiskopf, (2011).
Entonces, la humildad aterriza despiadadamente en el patio sin que haya sido precisamente invitada. No estoy ni cerca de estar iluminada, mi sabiduría no sirve para ni mierda si no tengo la prudencia, como me dijo Flor el otro día, con otras palabras más amables, por supuesto. No tengo nada controlado, ni resuelto, a veces ni la respiración, porque no me queda tiempo de cuidarme como quisiera, porque hay que salir corriendo de casa para tomarse dos horas de tráfico, para buscarse el pan de cada día, haciendo talleres en los que les digo a otras personas -que igual andan corriendo y sobreviviendo-, que es mejor aprender a respirar y autocuidarse e iluminarse para apaciguar el deseo de matar -literal o figurativamente- a las personas dañinas, -cuidado colectivo y sanación, le dicen-. Así que, este ser de luz, para novedad de ninguno de mis seres amados y para no grata sorpresa de mis contrincantes, se transforma por ratos en lucifer, al son que le toquen, como cuando una persona de tinte fascista reduce mi camino a ser la expareja de alguien, o cuando se me atraviesa un repartidor en moto, quien arriesga su vida y la de otros -y la mía- para no perder esos ciento cincuenta pesos que le pagan al día. Entonces recuerdo que mis quejas y mis cargas no pesan tanto como las de otras personas y me siento peor. Incapaz de ver todo lo que ya tengo, porque el ego y la gran farsa matricial, te dicen que hay que estar a la defensiva o que siempre es mejor tener más y más.
Y caemos en la trampa de la posesión, una vez más.
Y está muy cansado.
Y estoy realmente harta.
Y no es suficiente meditar, ni hacer yoga, o pesas, ni los juguitos verdes o la Juana María.
Y me dan ganas de abrazar mi sombra, pero para tener el valor de no ser tan amable y enviarle un par de conjuros castigadores a los que me deben plata y así pagar esa misma plata y no tener que lidiar con las llamadas acosadoras a toda hora del banco, cuyos dueños son otros putos criminales que también merecen conjuros de castigo.
Pero con la ayuda intercesora de la virgen María y los ángeles, recuerdo que todo es un sueño y que lo único concreto que he conocido es la muerte, así que se me pasan lueguito esos deseos de venganza. En esta ilusión, no me puedo desquitar, nunca he tenido que hacerlo, a veces la vida es tan dulce que me permite ver cómo ella misma se encarga en este plano de repartir vergazos a quien vive dañando. Y me tranquilizo.
Aprenderé -mejor- a reirme, como dijo el taita Wilmer, los dejo ser, los dejo estar, porque en el más allá, sí que nos vamos a encontrar y otro cuento será. Quizás a eso se refería Jesús cuando habló de poner la otra mejía, porque lo de perdonar a los banqueros, ya dejó claro que por ahí no va la cosa. Por eso es que Chuy cae tan bien, amigo de lxs pobres, de las brujas, de las putas y toda la culerada con su gama de colores, igual que Bergoglio, que descanse en paz.
Entonces vuelve un poco de calma y mis energías se concentran en el presente, que sigue siendo caótico, pero hermoso y, sobretodo, mío.
Ayer, hablando con Oscar por videollamada, mientras tomaba el desayuno, con mi café, dos tostadas con ajo, tomate y queso, y él, cenando una burundanga, porque nos dividen catorce horas entre un hemisferio a otro, nos contamos, como siempre, las vergüenzas, los temores infinitos, y las mismas conclusiones: que nos tenemos a nosotrxs, tenemos vivas a nuestras madres y ya con eso, por ahora, sobra y basta. Mi hermano elegido, un leonino sol y ascendente, el mejor espejo contraste que pude encontrar y por quien lloré como no he llorado por nadie cuando se fue, no para Sídney, si no de nuestro mundo perfectamente imperfecto. Siento igual ese confort cuando volví a ver a Joha, Mario y Astrid en las vacaciones en el pueblo, o el cariño intenso de las brujas sureñas, o los besos dulces y memorables de un ser hermoso. Esos amores de la vida que rompen la desidia y te movilizan para seguir transitando esta tragedia con matices maravillosos y sorprendentes. “Nuestra amistad es nuestro proceso de redención”, decíamos el otro día con Julio, haciendo referencia a las tres amigas locas de la última temporada de The White Lotus (2025). Lo único que me puede mantener a flote en este momento es saber que estoy rodeada de personas mágicas que enriquecen y adornan este limbo existencial.
Y sí, qué hermoso regalo, dentro de tanto mierdal. Eso y más tengo, sin embargo, hoy, sin ningún tipo de anestesia, me permito experimentar esta sensación de abandono total. De desesperanza, aunque mi trabajo sea recordar que siempre hay motivos por los que vale la pena levantarse de la cama, más allá de dos gatos hambrientos.
Me quiero permitir habitar la rabia, en el dolor de la impotencia por no poder hacer más por mí y por la gente que tengo cerca. Me entrego a la purga estelar y al dolor de admitirme irremediablemente humana y defectuosa. Esa determinación es, paradójicamente, liberadora, pero con sabores amargos, como mis plantas de limpieza.
Camino descalza por el jardín y me tumbo sin fuerza a la grama. Rendición. Como magia, todo se calma. Corto dos rosas lilas y dos amarillas. Se las ofrezco a San Judas Tadeo, el santo de las causas imposibles-. Yo soy esa causa perdida, como la hoja, le digo a San Juditas, te ofrezco una penitencia, pero concédeme este deseo, así podré respirar más tranquila, y así, mis enemigos también están a salvo de su propia maldad.
Hecho está.






Saludos Liz. Leerte es como sentarse al borde de un jardín salvaje en plena tormenta, todo se desordena, se remueve, pero al mismo tiempo florece. Sentí cada línea que escribiste como si me estuvieras contando la historia con una taza de café en la mano, con esos silencios que pesan y también alivian. Me conmovió la honestidad con que nombrás la desidia, la rabia, el cansancio de lo cotidiano, pero también esa esperanza testaruda que se cuela en los pequeños rituales, en los amigos que son bálsamo, en las rosas que florecen aunque parezca imposible.
Me dejaste pensando en eso que decís sobre la sombra, sobre cómo a veces lo más espiritual no está en la luz, sino en poder…