Insilio
- Lizbeth Guerrero
- 27 jul
- 7 min de lectura
El exilio interior en una tierra sin memoria.

La lluvia vino a despejar el polvo del Sahara y a disolver un poco el intenso calor. Las faldas de La Tigra se rodean de una densa neblina. El cielo blanco contrasta con el verde profundo de la montaña y los pinos. El olor magnético de la tierra mojada me traslada a la Sierra de Agalta y a su indescriptible belleza.
Siempre me ha gustado vivir aquí porque es una tierra misteriosa, magnética. Maltratada, caótica y contaminada, pero hermosa. Mis grandes problemas aquí son los invasores y sus lacayos, esos que nada cuidan y creen que todo esto les pertenece.
Me pongo a moler el café para acompañar este momento y olvidarme un poco de la pila de quehaceres y la agenda diaria de malas noticias locales y globales. Los memes y las flores son catalizadores. Qué agotadora es la procrastinación cuando se sabe que hay un panorama sombrío.
Contemplar este sin futuro tiene un grado de ternura que me abraza en medio de tanta incomodidad. Nunca había sentido tanto miedo de vivir aquí.

El olor de café recién hecho me aferra, igual que el paisaje y la comida, a este hilo rojo de amor y dolor con este remedo de país, territorio de piratas que se roban hasta el aire y de mujeres valientes que, con machete en mano o con las uñas, se levantan para defender la vida. De ese absurdo venimos y caminamos hacia el abismo desde que a algún jetón se le ocurrió ponerle Honduras a la obra. Aquí Sísifo no sólo se tiene que poner en estados alterado de conciencia para ser feliz, también se pone a chupar y celebrar con su propio enemigo.
Nunca sabés el verdadero tamaño de la burbuja hasta que alguien, con una pequeña aguja la explota y te deja al descubierto, con las tripas de fuera, expuesta ante una selva llena de seres monstruosos y una niebla densa en la que apenas se puede ver o respirar.
“Es que aquí, así es”, decía Medardo Mejía. Y sí. Aquel fatídico día de navidad en el que los gringos nos aventaron una “bomba” que nos dejó en un letargo horroroso, un interminable knock out espiritual. Nos cortó un ala, nos dejó medio muertos, sin poder siquiera ver la superficie. Estamos en un estado de shock constante y la estupidización de la vida con las armas digitales avanza mientras nos ponen a pelear entre nosotrxs.
No parece haber tregua alguna.
Una real, al menos.
La palestinización de la vida mucho antes de lo que pensamos. Y sí, está pasando en diferentes sitios, al mismo tiempo, pero Honduras ha sido históricamente un laboratorio en el que se cocinan todo un menú de represiones.
¿Cómo te recuperas después que están violando la tierra donde naciste? Imposible regresar.
La impotencia es como tener unas cenizas ardiendo en el pecho, un ardor sin fin, nunca se apaga, tal vez se calma por ratos con las evasiones y con la necesidad de construir una nueva burbuja que te haga sentir, al menos, protegida.
Ya nadie puede estar seguro, ni aquí, ni en ninguna parte de este planeta. Pero es aquí, en esta pequeña parcela de tierra, donde tengo fija la mirada, como quien mira un tsunami venir a lo lejos, sintiendo la brisa que golpea como cuchillos en el rostro, viendo remolinos de polvo, como cuando se avecina una tormenta en medio de la sequía.

Pudo haber dicho el paisano Medardo, que así es toda Centroamérica, en toda Latinoamérica -Abya Yala-, en toda la Madre Tierra, pero es aquí donde nos tocó ofrendar el ombligo. En un territorio de cimarrones y cinchoneros. Aquí, donde quedarán sembrados mis huesos, donde nacieron mis abuelos, aquí, donde por primera vez me hizo llorar de felicidad una cascada.
Aquí, así como allá, el dolor se siente como un aullido. Un grito mudo e interminable.
Desde este pedacito de paraíso empantanado, me estoy yendo a un exilio interior profundo y sin aparente camino de regreso. Nadie regresa igual del inframundo.
Nunca terminas de aceptar, que así tengan que ser las cosas. ¿Por qué habría de aceptarlo? Yo no. Mis amigas, todas fuertes y sensibles, tampoco. El hecho que esté ardiendo en rabia e indignación, no significa que no sienta esperanza de que otras realidades más justas si són -todavía- posibles. Creer lo contrario es el mejor logro de los depredadores. Crearon una falsa autoconfianza, creímos en el juego de la individualidad y el egoísmo. Nos sumergieron a realidades alternas. A cambio, solo nos perdimos más en el laberinto.
Que el colectivo nos siga recordando que todo futuro es posible aunque ahora mismo no se puede ver el horizonte con tanta neblina. Y para que esto sea posible, solo se me ocurre decirlo, susurrarlo, gritarlo, hasta que alguien me regrese la palabra y así, seguir construyendo la vida.
Elijo creer. Quizás por eso me aferro a la fuerza de lo cotidiano. A las mañanas tranquilas. Al pan casero, a las flores frescas, a los besos con amor. A la fuerza de este micelio, a pesar de todo.
Que “así ha sido siempre”, como dicen algunos historiadores. No es verdad..
Aceptar que así tengan que ser las cosas es evasión, es conformismo.
Es mirar para el lado contrario del incendio.
Pero es necesario detenerse a duelar por ese movimiento obligado de huir para adentro.
Regresó el terror y el poder de muerte a imponerse en el trono
Las que ardieron en la hoguera tomaron al fuego como aliado. Y regresaron para contarlo. Así que no quiero evadir la debacle, aunque cueste mil infiernos atravesarle porque nunca salimos de las anteriores.
Uno de los principales síntomas del insilio es la rabia. La semilla de la tristeza. Una rabia que le envenena las tripas por ratos, hace mucho rato, de hecho. Me paraliza. Me marea. Es entonces cuando le rezo a la Virgen María para que interceda por mí, me prendo un sahumerio, o me voy a tomar cervezas con las amigas, o me voy al gimnasio a destrabar la columna y el alma. Uso los privilegios que ni siquiera se me han permitido del todo, para vivir a mi ritmo, para practicar la paciencia. Eso tiene un coste muy alto.
Son muchos incendios sucediendo al mismo tiempo y es casi imposible concentrarse para apagar uno solo. Ser sensitiva en una simulación que te quiere todo el tiempo robotizada, es doloroso, es frustrante y el dolor acarrea la tristeza y la tristeza, enciende las ganas de quemarlo todo.
La rabia es mejor canalizarla con arte o lavando los platos. A mí se me ocurren ideas para resolver algún problema cuando lavo las ollas, regando las plantas o cuando doblo la ropa del sillón de mi cuarto.Todas actividades interminables. Es como si el cerebro se fuera soltando en coordinación con el cuerpo. Moverse y tratar de conectar la mente al cuerpo, es lo que me ha salvado en los últimos meses de no volverme oficialmente loca.
¿O tal vez ya lo estoy y no me doy cuenta? No sé, pero me calma saber que el veneno se puede diluir mientras muevo el cuerpo o lo estiro, saber que tengo una red pequeña de personas - y plantas y animales- que me sostienen, pero sigue sin ser suficiente. Nunca nada es suficiente.
Ante esto, también me he preguntado recurrente como una gotera en techo de láminas: ¿de qué sirve sanar si ahí afuera -y aquí adentro- sigue existiendo el monstruo chineado por otros monstruos. Ahora más feroces que nunca, más aferrados que nunca.
Por las mañanas, cuando me levanto de la cama, veo borrosas las montañas y más al fondo, Tegucigalpa. Hace unos meses, el denso humo a causa de los incendios, que regresaron con la ultraderecha, se miraban como un cuento de Stephen King. En los noticieros de la élite decían que es mejor no salir porque el grado de contaminación del aire es muy peligroso. Mascarillas y encierro. Como si no siguiéramos traumatizadas ya con la pandemia que pasó recién ayer, y que no ha terminado, de hecho.
Manejar por carretera en Honduras es salir con la bendición de las ancestras, de los muertos y de todas las protecciones que manda la abuela y la mamá. Casi en todas las ocasiones que me toca manejar en el tráfico veo choques, dos hombres peleándose por el choque, insultos, pitos, orines, basura, oscuridad, niños y abuelos pidiendo dinero en todos los semáforos. El perfecto contraste de las grandes torres de apartamentos que tienen gentrificada la ciudad. Si esto no es el fin del mundo, no sé qué otra cosa podría serlo. Por eso me veo en la necesidad de huir hacia mi casita interior. Me muero de soledad y extraño hasta lo que no tuve, pero ahí me siento más segura ahí que fingir que no pasa nada.
Las burbujas se pueden hacer grandes y cómodas. Llenas de adornos, colores, sabores y olores paradisíacos. El cobijo de los árboles, el canto de los pajaritos por la mañana, las flores, los abrazos de mamá, los mimos de mi gata, los jaguares de nube, las rosas lila, el huerto y el río y la cascada, son, sin lugar a dudas, un bálsamo, pero no son suficientes mientras el dolor y la injusticia se siguen expandiendo. Ya no quiero sanar le dije a un querido amigo, quiero salir a hacer una fogata con mis hermanas, como antes, como toda la vida. Porque este insilio me está desintegrando.
Qué traerán las cenizas, no lo sé. Por ahora lo único reconfortante es saber que el amanecer es la promesa de quien sabe atravesar la larga noche.

Mi café está frío ahora y el cielo sigue pálido, así que me retiro elegantemente a este lugar sin esquinas ni sellos. Esperando, quizás, lo que nunca pasará, pero mientras espero, me protejo con las pocas pero poderosas fuerzas que han acompañado siempre nuestro camino.
Nunca se sintió tan agobiante este exilio interior, porque afuera no hay lugar donde huir y adentro ya no hay espacio para encajonar más agobio.




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