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La esperanza que navega en el mar y el infierno que continúa en la tierra

5 oct 2025
5 min de lectura


"Despertemos humanidad. Ya no hay tiempo. Nuestras conciencias serán sacudidas por el hecho de estar sólo contemplando la autodestrucción basada en la depredación capitalista, racista y patriarcal".


Berta Cáceres



Un mundo ya se acabó. O eso vengo pensando de manera muy personal en los últimos meses. Se terminó hace mucho para cientos de miles de personas que cada mañana se despiertan pensando si llegaran con vida a la noche.

Se terminó para cada niñx que ha sido asesinadx de la manera más vil por un ejército de cuerpos sin almas. Por cada colega que es aniquilado cumpliendo con la labor “más noble del mundo”.


Se perdió el sentido, me digo, nos digo.


Y como una persona sintiente, -o que, al menos, trata de serlo- como una obrera más de la construcción del sentido, formada por otras mujeres, seres diversos y algunos hombres que tratan de recordar esa dulce y profunda melodía de la esperanza: me declaro incapaz de construir sentido en este momento, cuando todavía estoy en shock, en la evasión, paralizada por el horror y el dolor.


Trato de respirar en silencio y reír con mi tribu, pero no me alcanza. Trato de aceptar lo que no entiendo. Y de concentrarme en los dolores más locales. Pero no puedo. Me declaro incapaz.


Y aunque todavía tengo esperanza, me cuesta divisar el horizonte.


Porque este genocidio duele y repugna en todo el cuerpo.


Pero duele todavía más la indiferencia, la ignorancia y el silencio cómplice.


Porque ya nos alcanzó la decadencia apestosa del mundo occidental y la vida nos está llamando a radicalizarnos o desaparecer en la pesadilla neoliberal para siempre.


La Global Sumud Flotilla nos vino a dar un atisbo de esperanza en medio de tanta mierda. Ese es el mérito de este movimiento autogestionado y autoconvocado de 532 valientes ciudadanxs de 44 países, sin gobiernos ni patrocinadores, embarcados con alimentos, leche de fórmula, medicinas: una generosa demostración de amor por la vida.


“Es un acto simbólico para el pueblo de Gaza: no les hemos olvidado, hacemos lo que nuestros gobiernos no tuvieron la voluntad de hacer”, exclama la flotilla.


Pero también es un recordatorio que esta tragedia nos concierne a toda la humanidad.


“Ustedes son la última reserva de decencia humana”, le dije a mi amigo David Adler, justo cuando estaba a punto de zarpar en esta inédita hazaña humanitaria.


David es descendiente de una familia judía que resistió al nazismo y luchó contra el sionismo en Francia. En este preciso momento, está secuestrado por la entidad sionista en Ketziot, ubicada en el desierto de Negev, una de las prisiones más conocidas en Israel por las torturas y violaciones sistemáticas de derechos humanos a palestinos detenidos ilegalmente.


De igual manera, están secuestradas e incomunicadas Luna Chía y Arlin Medrano, de Colombia y México, respectivamente, a quienes les he seguido muy de cerca su travesía y tienen toda mi admiración y respeto, porque en ellas veo a mis amigas, me veo a mí, que me inscribí en la flotilla a inicios de agosto, motivada por el hartazgo, la desidia y las constantes ganas de salir corriendo de este medievo tropical, sumergido en el fanatismo religioso y el conservadurismo.


No logré inscribirme porque Honduras, como casi toda Centroamérica, no estaba “disponible” en la hoja del formulario (la condena eterna de la invisibilidad).


Cuando David me comentó que iba a ser parte de la flotilla sentí que la vida misma, con sus maneras extrañas y creativas, me recordaba que nada de lo que sucede es casualidad y que, aunque por momentos me gana la desesperación y la impotencia, cada vez hay más personas que nos estamos sintonizando y caminando hacia una misma dirección: liberarnos como humanidad de la gran farsa colonial-patriarcal-capitalista.


Por eso es que Luna, Arlin, David y todas esas personas maravillosas de esa flotilla nos han brindado más que esperanza, nos recordaron que la vida siempre encontrará la manera de protegerse y expandirse. La resistencia en su gran complejidad, es, en realidad, muy poderosa y, ante eso, no hay poder depredador que pueda detenerla.


La Global Sumud Flotilla es un último intento de despertar de la larga noche oscura de la humanidad. Pero esta vez, centrados en la acción. Es un recordatorio que ya se acabó el tiempo de esperar y que solo el pueblo es capaz de salvarse.


Se terminó un mundo-y de la forma más infrahumana- para las casi 70 mil personas (en los últimos dos años) que han sido masacradas en la franja de Gaza -más de la mitad de esa cifra son niñxs pequeñxs. Hay quienes hablan incluso que la cifra pueden ser más de 600mil personas si se toma en cuenta los 77 años del apartheid de Israel sobre territorio palestino.


No obstante, también podría ser el nacimiento de un nuevo mundo en el que los fascistas pierden el poder. En el que tendrán que rendir cuentas. O, al menos, quedarán con sus miserias expuestas, hasta que llegue finalmente la justicia de los pueblos.


Aún así, con ese atisbo de esperanza, lanzo una que otra maldición y me muerdo los labios: ¿cómo se puede vivir después de esto? Y otras tantas me susurro: ¿a caso es posible que sobrevivamos a este nefasto momento?


Me pregunto y le pregunto a mi gente cercana.


“Ya han ocurrido otros genocidios”, me dice mi amigo Johny Anderson, con quien suelo tener largas discusiones sobre geopolítica, pero casi nunca nos ponemos de acuerdo respecto al genocidio en Gaza. “Los sionistas ya han ganado, lamentablemente”, me dice. Yo me niego a pensar esto.


“Ahorita mismo ocurre el Congo. No es el primero ni el último”, me dice por otro lado Julio Méndez, mi amigo y hermano elegido, historiador y una de las personas más inteligentes que conozco.


Y si, lo sé, pero esto es distinto.


Aquí mismo, en nuestro continente hemos vivido genocidios. Aquí, en este cuerpo, tenemos mil memorias de millones de muertas, de charcos de sangre y de toneladas de lágrimas desparramadas en tierra fértil, en tierra negra y sagrada. Yo misma he sentido ese vacío y sensación de desarraigo total. Los femigenocidios. Los ecogenocidios. Hoy más que nunca está vigente el pensamiento de Berta Cáceres.


Esto es diferente.


Está barbaridad sobrepasa todos los límites, porque es una exhibición, como diría Rita Segato, desde la pedagogía de la crueldad: nos están mostrando lo que los señores de la muerte, la ley de muerte, los depredadores de la vida, planean hacer en los territorios que tengan esos recursos y símbolos necesarios para mantener su decadente imperio. El poder de muerte contra el poder de la vida. Así de trascendental es este momento. Gaza nos concierne a toda la humanidad.


Y sí, han ocurrido otros genocidios y unos más que están pasando en este preciso momento, que son condenables e igual de dolorosos, pero esta tragedia tiene una particularidad: sucede en nuestras pantallas, en streaming, ante una total impunidad que se va erosionando demasiado lento. Es todo un experimento para saber nuestras reacciones, mientras van instalando sus poderíos en cementerios de niñxs.


Es peor que una película de terror, porque es la realidad. Cuerpos y más cuerpos ensangrentados, enlodados, llenos de lágrimas, gritándole a Dios y a cualquiera que escuche, que detenga todo ese dolor.


Y Dios, la Vida, el Universo, con sus formas particulares, hablan para quien esté abiertx a escuchar. Aunque las bombas suenan demasiado fuerte como para entender lo que dicen.


Sin embargo , aún con todo y el ruido y el dolor, estas cientos de personas valientes, se han ganado nuestro respeto y admiración profundamente.


Hay una nueva flotilla que se dirige a Gaza y, según marca la tendencia, cada vez serán más , cientos, miles, hasta que seamos millones navegando en ríos y océanos hasta que termine este infierno en la tierra.


Mientras tanto, entrego mi ofrenda, enciendo mis velas y el incienso. Está vez, elijo que sea la esperanza y no la evasión la que me alumbre el camino.


Y respiro.


Y elijo vivir.


Y entonces, por un pequeño instante, comienza nuevamente a tejerse el sentido.


Vuelvo a escuchar el susurro estridente y salvaje de la vida.

 
 
 

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