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Ante todos los colapsos, politicemos la esperanza


Es un día especialmente nublado en Santa Lucía, pueblito embrujado cerca de Tegucigalpa, donde hace ya varias semanas no llueve y se respiraba un denso humo por la quema de los bosques.

Estoy sentada en la pequeña terraza, viendo los pinos y árboles frutales de mis vecinos. Hace poco había una nube bastante oscura. La temperatura bajó de golpe y saqué las cobijas y los calcetines gruesos. Me acompaño de mis ángeles y demonios y los michis, siempre de metiches a la mínima oportunidad.

Mis dedos de las manos esta vez no están fríos y el viento, como siempre me saluda cuando lo respiro. Tomo el aliento de los dioses y vuelvo a apreciar mi horizonte. El verde me sana y también me intriga. Ojalá tuviera más días como estos, me digo. En los que puedo detenerme un rato y sentir que vivo.

Y vivo bien, debo decir. Si tuviera algún reclamo en este capítulo del tercer piso, es que ahora mismo no tengo certidumbre de nada. Ni del trabajo, ni de mis vínculos, ni de mi domicilio. Fantaseo todos los días con la migración. Me gusta dónde vivo. Me gusta la vida que tengo. Mi familia es extraña, pero unida. Pero estoy agotada. El colapso lo voy sintiendo en el cuerpo. Y me duele, me paraliza.

Mi curiosidad está bastante estimulada como para transitar mis minutos y mis horas en situaciones que me generan fascinación, pero como toda esclava moderna, me falta tiempo. Juanga fue un alto profeta de nuestros tiempos: Dios perdona pero el tiempo a ningune.


Soy consciente de los privilegios que tengo y deseo que todas las mujeres y personas que han sido históricamente excluidas, tengan esos derechos. Una vida digna nos mereces todas, todes. Y aun teniendo esos privilegios mínimos para vivir tranquila (aunque con un constante miedo) en una sociedad que siempre nos repite que lo más importante es el capital, antes que las personas, antes que cualquier ser vivo.

Me rehúso en esta vida y en todas las que siguen a que una tenga que sacrificar su propia vida por comprar una vida ficticia de bienestar. Nunca he sido millonaria, pero sé que si hay seres que necesitan sanar sus caminos son las personas obsesamente ricas. Esas que guardan los granos y prefiere que se pudran a tener que dárselos a los que tienen hambre. Los que prefieren quemar los bosques a matar animalitos ni niñxs, esos seres con el alma rota, son quienes precisan urgente de una sanación que no necesariamente paga el dinero, si no la fe, la esperanza en unx mismx, el reconcomiendo del poder personal no es transferible, no está en la bolsa de valores de Wall Street.

Y entre todo, la inconformidad eterna me visita cada mañana, aun en el mejor de los ánimos y energías. El mundo no es el mismo. El clima, para ser más precisa, no es el mismo y tampoco volverá a serlo. No en esta vida que me tocó. La sexta extinción masiva, qué locura. Me pregunto en cuantas otras vidas me habrá tocado vivir algo similar. Aunque del pasado aprendí que la mayoría de cuentos que nos contaron, los escribieron los asesinos, no los pueblos. Esa memoria está escrita intrínsecamente en la piel de la Tierra y en nuestros cuerpos, todo recae en el cuerpo. Es por eso que estamos tan cansadxs y hartxs.

Hace unos meses estábamos en el Lago de Yojoa, con las amigas sanadoras. Hablábamos de los cambios, de la luna, del cacao y las larvas familiares que quitan los poderes. Era luna llena en cáncer, la primera del año. La del lobo, decían en el norte. Dana nos llevó un puro de tabaco a cada una para atraer o sacar. Yo decidí que quería atraer más energías amigables a mi entorno.

Mientras quemaba el puro sólo pensaba en todas las cosas que quiero hacer y he dejado postergadas por la incertidumbre. Una de ellas era sembrar mis plantas medicinales, tal como empecé a hacer en Olancho. Por fin lo hice y ahora quiero pasar más tiempo con ellas.

Pero me estoy pudriendo en la rueda capitalista, como la mayoría de personas del tercer y olvidado mundo. Quizás es tiempo de hacer esto o lo otro para reconectar, me digo. Pero estoy más cansada que motivada. Me supera la realidad muchas veces, especialmente cuando estoy manejando en el centro de Tegucigalpa, escapando de algún asesino al volante. O cuando voy caminando por los mismos lugares y un macho idiota me da una nalgada, sin que yo pueda defenderme como quisiera.

Muy pocas veces siento verdadera esperanza y cuando la siento, me acuerdo que vivimos tiempos de múltiples colapsos. El que más preocupa es el colapso climático, por su puesto. Si no hay agua n itierra cultivable, no hay nada. Pero entre la búsqueda de los autores materiales e intelectuales del atentado contra el planeta, contra les pobres, la guerra mediática de desinformación, la violencia estructural, la constante cacería de brujas y neocolonización y otras barbaridades, habemos quienes nos preguntamos qué se puede hacer todavía.

Basta de culparnos y latiguearnos por no hacer lo suficiente. Hagámonos cargo. Siempre es más cómodo buscar toda la culpa en el otre cuando la ideología traiciona y deja de movilizar. Estamos todes viviendo en el mismo hogar. Lo más humano en estas alturas del incendio, sería reconocer que la hemos cagado; unos por ser parte directa o indirecta de la agonía del planeta y otros porque nos hemos quedado paralizades del miedo, en cualquiera de los casos, hagámonos cargo, que el tiempo se agota, que nuestros cuerpos caminan cada vez más cansades.

Desde hace un tiempo dejé de creer en la academia occidental. Me desconcierta. En el mismo tiempo he aprendido a escuchar más mis sentidos físicos y metafísicos. A preguntarle más a mis ancestrxs sobre algunas realidades. A confiar en mis propias experiencias como fuentes de sabiduría. A veces – o muy seguido- lo olvido, pero cuando el ego quiere apoderarse del timón, le recuerdo que sigue siendo un rol secundario, que todo eso que nos sobrepasa y no tiene nombre, nos habita en lo cotidiano y en lo trascendental, que de nada sirve creerse más importante que una hormiga.

Y sigo siendo muy ignorante. Lo seré siempre hasta mi próxima muerte. Me gana la curiosidad por muchas cosas y me frustra saber que no me alcanzará la vida para saberlas todas, pero tengo las suficientes pruebas para creer que estamos ante un punto de inflexión muy profundo.

El clima cambió. Y cambió para mal. NO hay vuelta atrás. Lo miro cuando voy a Olancho. La tala de los bosques ha subido de forma descomunal. Rastra tras rastra, mientras mirás a los lados y ves ríos secos o cafés de la contaminación por minería, agricultura y ganadería. Lo veo en el aire. Estuve tres días en cama porque la contaminación me aniquiló los pulmones.

Me retuerzo. Me entristece muchísimo no volver a ver las pozas azules en las que aprendí a nadar. Cae un golpe de realidad que rechina en los huesos. Como amante y admiradora insistente de la vida, me pregunto si todavía habrá algo por hacer, más allá de la esperanza. Siento que sí. Después de hacernos cargo, hay que voltear a ver muy bien el pasado para no repetirlo y mejorarlo, sospecho que por ahí va la evolución. Ojalá no nos coma el mandado la IA, que todavía está subestimada.

El colapso no sólo se refleja en el medio ambiente. Lo veo en los cuerpos de las personas. En las enfermedades crónicas, en el agotamiento, en los gemidos de dolor, en los brotes de ansiedad y depresión, en la histeria al conducir, en toda la violencia que se ejerce en los espacios laborales, íntimos, sociales. Todo este cuadrado está plagado de violencia cruda, cruel, sistemática.

Y toda esa violencia es otro síntoma del quiebre inminente.

Politizar la esperanza pasa por aprender a repensar un futuro posible donde el capital no sea el centro de todo, sino les seres humanes, animales, vegetales y de todos los reinos que cohabitan este hogar. No podemos seguir repitiendo el nefasto cuento de la acumulación por desposesión. O cambiamos o será la misma Tierrita que nos obligue a inventar en tiempo record, en el último minuto, otras posibilidades. Otros buenos vivires, buenos pensares y buenos sentires.

 
 
 

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