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Compañeras y adversarias: el mito de la sororidad en el trabajo

Un cuentito corto de terror.

Hace un año, justo cuando inició este capítulo extraño de la historia humana, yo comenzaba a trabajar en una organización internacional que protege los derechos humanos, especialmente derechos de los defensores de la tierra y los bienes comunes. Después de dos años haciendo consultorías y de no tener trabajo “estable”, una querida amiga me convenció de aplicar al empleo y acepté sin pensarla tanto.

Al ser un equipo de puras mujeres, incluida la jefa, pensé que todo fluiría bien y así fue al principio. En el contrato decía que sería comunicadora, pero al final me tocaba hacer lo mismo que mis otras compañeras sociólogas. Yo nunca me opuse, al contrario, era un trabajo que disfrutaba mucho. En una de las giras a una comunidad, la que era representante de la organización en el país, hacía expresiones ofensivas y denigrantes hacia otras mujeres. Entre mis compañeras algunas veces nos intercambiábamos miradas y comentábamos sus metidas de pata en varios temas, por supuesto que no nos atrevíamos a interpelarla, por todas las razones que son bastante obvias. La herencia colonial de la sumisión y el respeto casi sublime a la autoridad está todavía muy latente, especialmente en las familias y en los trabajos.


Pero digamos que todo “fluía” de manera regular. Hasta que sucedió lo inimaginable. El fin de semana que cerraron las fronteras, regresábamos de otra gira y nos reunimos con ella (la jefa) en Tegucigalpa para almorzar. No había terminado de sentarme cuando me dijo, sin vaselina y sin una gota de empatía, que lo sentía, que ya no tenían fondos para seguir con mi contrato, que por la pandemia, que el pisto no ajusta, que el apocalipsis, bla, ble, bli, blo, blu.

Era la primera vez que tenía un trabajo estable en mucho tiempo y no sabía (todavía no sé) cuál era (es) la magnitud de la crisis. En realidad, estaba más shockeada por tener que dejar un trabajo que de verdad me gustaba, que el hecho de estar desempleada y en pleno comienzo oficial del fin de una era. Y bueno, el privilegio de contar con una madre, familia y amigxs que me brindaron su apoyo incondicional.

Aun así, regresé tranquila a mi casa para meditar las cosas. Envié unos cuántos correos, lloré, fumé, escribí hasta que se me cerraron los ojos. Algunas compas feministas fueron muy solidarias y me explicaron que podía proceder legalmente, porque la “jefa” nunca me pagó en tiempo y en forma y me hizo creer que por ser ella “buena onda”, me pagaría medio salario adelantado, cuando en realidad, era mi derecho tener el pago total del contrato, que nunca llegué a terminar por su despido injustificado.

Pero yo estaba muy afectada y más asustada por la trama global-personal que la cuestión del dinero (sí, así es la ilusión del privilegio) No quise pelear, especialmente con otra mujer y por un despido. Ahora me arrepiento, porque sí me hizo mucha falta el papel rayado.

Recuerdo que la señora llegó a tal punto de perrada, que en mi último día de trabajo (ya en pandemia) no quería pagarme ese último mes, porque dizque no le entregué a tiempo un monitoreo de medios (que yo propuse), que no había hecho porque andaba todo el tiempo de viaje, haciendo otras labores. Al final pudo pagarme porque las administradoras y otra compañera le hicieron ver que se trataba de una emergencia.

Estaba yo sola en la oficina haciendo el dichoso monitoreo y me dio un ataque de ansiedad. Una por no poder defenderme, como siempre lo he hecho, otra porque pensé que estaba trabajando con una persona más ética, con prácticas feministas, pero esa mirada déspota y sus palabras humillantes (que seguramente a ella se las dijeron en más de un trabajo) se me quedaron grabadas en el cuerpo.

Me pregunto ahora, cuánto daño le habrán hecho a ella, a mí, a todas nosotras como para que normalicemos tanta misoginia y violencia contra las mujeres. Y que aun sigamos sin hacernos cargos de esas heridas. Las únicas que no quieren sanarse son las mujeres patriarcales, que también existen y son igual o más crueles que los hombres.

Pero eso no fue lo peor de todo.

Un golpe bajo fue ver la tibieza de mi amiga ante la situación. Al principio se quedó callada por miedo a perder también su empleo, sin embargo, nunca estuvo dispuesta a mentir ni ponerse a favor de la jefa si yo procedía legalmente, porque estaba en mi pleno derecho. Mi amiga sentiría después en carne propia la crueldad de esta misma persona y el silencio cómplice de su otra compañera -y amiga-, quien en mi despido actuó como ese personaje típico de las chambas que siempre trata de quedar bien con la/el jefx aunque esto signifique pasarse por el culo los derechos de tus compas.

Y aunque todo es político, todo es personal y lo personal es político, no considero que esa triste tarea de ser “boa” sea un pecado mortal, especialmente cuando vivís en un país que no te garantiza nada en el campo laboral y si hay chance, son trabajos precarizados y tener un empleo más o menos digno es la supervivencia de muchxs.

La preservación es una emoción humana, es cierto, pero porque sea humana no significa que seamos antiéticas en nuestros espacios laborales y en ningún otro, o peor, querer serrucharle el piso a otra mujer es como serrucharte el piso a vos misma.

Una vez que tuve esta conversación con mi amiga, pude sanar esa fisura con ella. Pasamos página y ahora nos tenemos más confianza, nos comunicamos mejor y le tengo un profundo respeto. Tener amigas es oro puro en esta era del sálvense quien pueda.

Parece ya un cliché, pero es muy cierto, nunca vas a entender una injusticia, hasta que esta te atraviesa el cuerpo y el corazón. Supongo que así brota la empatía hacia nuestra historia y la historia de las demás.

Este último mes, la rueda me ha dado chance de respirar más despacio y ver en retrospectiva este y otros episodios en los espacios laborales, especialmente esas relaciones de trabajo entre mujeres y los denominados “pactos sororos” que hacemos en nombre del movimiento feminista y/o de “la lucha” social. Esos que nos hacen dejar de creer en los príncipes en corcel blanco, para pasar a creer que todas las mujeres somos amiguis, hermanas, aliadas. Yo prefiero creer que podemos ser compañeras, dignas de respeto y admiración.

La competencia ha sido siempre un arma letal del patriarcado para mantenernos en disputa, inseguras, celosas del bienestar de la otra. Asimismo, la hermandad entre mujeres me suena a secta. No todas somos hermanas, ni somos amigas porque no pensamos igual, ni queremos pensar igual y eso también lo hemos aprendido de los feminismos antirracistas, anticlasistas, anticoloniales.

Y son justamente esas duras experiencias que me han dejado esas mujeres patriarcales, lo que me anima a no querer seguir alimentando a mi “machirula” interna, a esa que le hace los mandados al patriarcado porque cree erróneamente que el poder y las ansias de reconocimiento jutifican la reproducción de toda esa dominación que ellos –les patriarcas- han hecho y siguen haciendo a tal punto de cagarse en todo el planeta. Porque el colapso climático es un hecho. La única opción que tenemos es ponernos de acuerdo para colapsar de manera no tan abrupta.

Interpelarse es clave

Cuesta mucho voltear a verse una misma y dejar que el escupitajo te caiga en la cara cuando te descubrís en tus propias contradicciones, pero siento que es una buena manera de seguir conociéndose a una misma, y por ende, a lxs demás, que en tiempos apocalípticos o en cualquier tiempo, es un gran mecanismo de autodefensa y en los mejores casos, un aliciente que se disfruta genuinamente –a mi parecer- si es compartido.

Solamente podemos saber cuan mal o cuan peor estamos si nos reflejamos en la otredad, pero es también con las otras personas que disfrutamos de los cambios favorables en nuestro sentipensar cuando nos deconstruimos, es por esto que NO es suficiente hacer terapia individual, sin revisar también nuestros vínculos íntimos, sociales, laborales y políticos, o a esa inconclusa resolución he llegado a integrar en esta ventana del tercer piso, en este malogrado y mal llamado “tercer mundo”.

Por esto y por obvias razones, es tan importante reconstruir tejido social. Sin embargo, aunque parece que esto lo entendemos muy bien, porque resuena más al sentido común que a un panfleto institucional, todavía seguimos siendo las mujeres (o personas con cuerpos feminizados) nuestras enemigas, no sólo de una hacia la otra, también de una misma hacia una misma. O, dicho de otra forma, es el patriarca que vive dentro de una, ese que no nos quiere vivas y fuertes. Hay que atrevernos a observarlo, a mirarlo, a exorcizarlo.

Un buen ejercicio es estar a la mira de cómo nos tratamos cuando nos equivocamos. La mayoría somos muy crueles. De alguna forma, esto nos hace creer que tenemos el derecho a maltratar, manipular, violentar a otra mujer cuando consideramos que se está equivocando o no está haciendo lo que queremos.

Esto no es otra cosa que la patriarca interna, -que además es racista y facha.- Sería estratégico –en esta temporalidad tan jodida- conectar más con nuestra Lilith, quien siempre querrá vernos más libres, gozosas, alegres y con el fuego ardiendo sin miedos.

Eso he aprendido de las mujeres que se observan y se reconstruyen, a pesar de las situaciones y de las luchas constantes, no renuncian al derecho de disfrutar la vida. Y cuando una disfruta la vida, no tiene por qué joderle la vida al otre, al contrario, quiere compartir esa ternura.

Siempre ha sido la interpelación en un círculo de mujeres y la observación sin filtros instagrameables, sin evasiones, ni venditas, la que me ha llevado a cuestionarme a mí y también a cuestionar a las mujeres que tengo cerca. Si no tengo miedo de ver mis sombras, no voy a tener miedo de ver las sombras en las demás, pero no con el ánimo de juzgar, -de eso ya tuvimos suficiente- si no para reescribirnos en conjunta y construir nuevas posibilidades de vida, esas que contrastan la mirada androcéntrica de la existencia, o que mantienen a raya al machista interior, apostándole más a los afectos correspondidos, equitativos, amorosos.

Y ternura no es igual a debilidad o sumisión, es aceptarnos, cuidarnos y respetarnos, a pesar de las diferencias. Es lo bello de asumirse en existencia y asumir la existencia de la Madre Tierra y lo que nace de ella, aunque los guardianes del patriarcado digan lo contrario.

Si nos ponemos de acuerdo todas, si finalmente comprendemos que a los destructores de la vida les conviene que nos odiemos, que rivalicemos, que nos envidiemos, que nos anulemos entre nosotras, si nos damos cuenta un día que juntas somos más fuertes, más luego que tarde derrumbamos este sistema de terror y comenzamos un nuevo capítulo sin patriarcado y sus sanes hijes.

 
 
 

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