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Depredador emocional


No me acuerdo muy bien como inició exactamente. Hay nebulosas en mi memoria. Pero recuerdo con precisión algunos detalles. La canción “Tu Boca” de Cabas, algún disco de Cerati, comidas al mediodía frente al espejo, mi cumpleaños, una bufanda con perfume, su cuerpo encima de mí y la sensación de estar poseída por un demonio muy triste, casi poeta.

Mi mejor amigo de aquel entonces, P, intentó protegerme. Me advirtió que de esa persona no iba a sacar nada bueno y yo, como toda persona de 24 años, estaba lista para tirarme al abismo sin paracaídas. Él siempre tuvo la frase idónea, esa tonada que me mantenía con un pie afuera y otro adentro del limbo. Me lleva siete años, pero ahora que lo pienso, parecían muchos más. Era como si me recordase a una sombra que anduve cargando desde muy pequeña, a una imagen que representaba todo aquello que anulé y con la misma intensidad deseé, aquel ser que iba a venir por fin a verme a los ojos y reconocerme como el ave libre que soy. Y, sin embargo, él me tomó, cual si fuera depredador en la más densa de las selvas. Me atrapó, me enjauló y me llevó al lugar más oscuro del acuífero emocional.

Tampoco tengo detalles precisos de cómo o cuando comenzó este monstruo inició con su abuso. Ese que es sutil como un bisturí, pero capaz de degollar. Al inicio fue hermoso, como es toda relación con un narcisista. Love Bombing, música, comida, pláticas interesantes, política, Olancho, besos atosigados.

A los tres meses, salió con la novedad que iba a tener un segundo hijo y que no soportaba a la persona con la que iba a tenerlo, claro, las locas siempre son las madres de sus hijos, nunca ellos. Seguía casado con otra mujer con la que también tenía un hijo y yo pensé, inocentemente, que ya no tenían ningún tipo de relación de pareja. “Lo que no fue en mi año no me hace daño”, me dije y volví con él. A lo Gloria Trevi, le creí con los ojos cerrados, le creía porque todo lo que yo podía ver, era mi amor proyectado, mi propio reflejo mostrándome la inmensa capacidad que tengo de cuidar y, vaya absurdo, también me mostró esta persona la inmensa capacidad que tengo de destruir.

Una vez, estando en un restaurante, yo llevaba puestos unos mini shorts y me aseguró que por mi culpa se iba a pelear con el cara de verga que no dejaba de verme las piernas. Ahorita le dicen Red Flag, en aquel momento, sólo sentí aprensión y hasta vanidad que el hombre que amaba me estuviera celando (si, así de mal nos ha hecho el amor romántico de mierda). Era hasta excitante, tanto que luego de insultarme, lograba que yo accediera a acostarme con él. Con el tiempo entendí el nivel de daño que debe tener una persona para pensar y actuar así. Los celos nunca son amor. Ni siquiera lo sabía, pero estaba iniciando un vínculo profundamente violento, invisible, vacío, doloroso. Era un segundo encuentro con un depredador, de esos que andan tratando de apagar el fuego de mujeres fuertes como yo y como tantas otras más que también ha dañado. Pero esta vez, el daño era en el corazón.

Los depredadores emocionales, así como cualquier depredador de toda índole, no son fáciles de ver, a menos que el radar de bruja esté potente desde muy temprana edad. No fue mi caso. Por lo general, buscan a personas cual si fuera su presa. La torturan lentamente pero no la terminan de matar para seguir divirtiéndose con ella, como hacen las orcas asesinas con las focas, como hacen los gatos con los pajaritos y los ratones. Así o peor.

Un día no cualquiera, era mi cumpleaños, me llamó una persona para decirme que mantenía una relación con él desde hacía varios años. Estábamos cumpliendo exactamente un año de estar en esa especie de maraña tormentosa, largas sesiones de sexo con quién en ese momento yo pensaba que era bueno, ideal, pero ni al caso. Le reclamé y él lo negó, más tarde subió una foto con ella, pidiéndole perdón.

Recuerdo que me dolía el pecho todo el tiempo. Me corté el pelo. Me puse tullida. Me perdí en un pantanal de pensamientos destructivos. Pero el depredador nunca suelta a su presa. Siempre volvía y les daba vuelta a sus acciones. Logrando atraerme nuevamente.

Ahora, los recuerdos vienen más frescos porque estoy viendo en terapia ese momento de mi vida. La psicóloga, quien ha sido muy importante en este proceso, me dijo que fui fuerte, que sigo siendo fuerte y yo sé que sí, pero me cuesta. Toda mi autoestima, toda mi seguridad, toda mi vitalidad, desperdiciadas en una relación que sólo me generaba dolor y sufrimiento sin sentido, y que por poquito me destruye.

Cuando cumplí 25, hice un viaje a México con mis dos mejores amigos. Recuerdo que ya comenzaba sentirme mejor, tenía otra relación, había mucho trabajo y, justo cuando pensé que todo aquello ya había quedado atrás, me envió un largo mensaje por WhatsApp diciendo cada palabra mágica para hacerme volver. Hasta que lo logró.

En esos momentos en los que me perseguía, que en realidad fueron muy pocos, -porque en su perversa narrativa siempre era yo la que se equivocaba, la loca, la inmadura- hubo regalos, restaurantes, música, carta de amor sin amor. Esto, sumado a toda su trama de dirigente de izquierdas, la cual también me creí, y por la que me hacía pensar que estaba todo el tiempo ocupado, sacrificándose para “darle poder al pueblo”, cuando en realidad, estaba con otra mujer y/o regresando con la mujer que llamaba tóxica y odiosa, la madre de su segundo hijo, para embarazarla nuevamente o eso es lo que pareció. Este tema en particular, tuvo una resonancia importante en mí para no volver a confiar nunca en esta persona.

Con la mujer que empaticé mucho, que ahora es mi amiga y le tengo un cariño importante, la que me llamó en el primer año para decirme que el depredador nos estaba viendo la cara de estúpidas a las dos, unos años después, me tocaría llamarla, ahora yo a ella, para advertirle que el vampiro estaba atacando de nuevo. Ese tipo de personas no cambian o les cuesta mucho (un mundo) hacerlo, pero no depende de nosotras hacerlos cambiar. No somos hospital psiquiátrico de nadie, menos de un cerote.

En una de sus tantas confesiones cínicas, me aseguró que nunca me iba a dejar ir, que eso era un hecho, que no me iba a soltar, a menos que yo lo hiciera. Casi 10 años después, para bien o para mal, él nunca ha dejado de acercarse, siempre encuentra una nueva excusa, para volver a tomar aquello que un sano hijo del patriarcado necesita para poder ser: nuestro territorio y todo lo que este implica. La diferencia de la chavala de 24 años a la de 33, es que ahora no me da temor de mandar a la mierda a quien sea. Ahora sé que el poder también está de este lado. No necesito que me expliques cómo funciona, tus palabras ya no tienen influencia en mí.

Con mis formas provinciales de ver la vida, jamás pensé que alguien fuera tan perverso con sus palabras y, al mismo tiempo, hacer lo imposible para hacerte sentir como una reina. Así actúan los manipuladores profesionales. Eso es un narcisista patológico. He ahí su máster en abuso sistemático de mujeres, un abusador emocional que ahora tiene algo de poder político.

Me acuerdo cuando ya estaba decidida a dejar de una vez y por todas, esa mierda de relación. Mis amigas me miraban triste todo el tiempo. También repliqué de alguna forma esa toxicidad, ahora entiendo que era la forma de reaccionar de mi cuerpo, cerebro, útero, y corazón. Todo mi sistema desconfiaba de él y aun así, le abría la puerta en la madrugada para escuchar sus disculpas, para hacer el amor toda la noche, y esperar que en la mañana el monstruo se mantuviera silenciado y quedara solo el ser que en algún momento del camino olvidó que las mujeres somos seres sintientes.

Siendo honesta, al son de hoy, no creo que él y las personas de su estirpe, sepan lo que es amar a otra persona, alguien que daña es porque está muy jodido por dentro, y si estás así de jodido, es imposible ver el amor que emana tu propio cuerpo, tu propia vida. Quizás eso fue la razón por la que encontré un perdón muy profundo para toda esa situación. Perdonarlo a él por aquella noche que me dijo cosas tan horribles y que lloré, lloré y lloré hasta quedarme seca. Me vi en el espejo el día siguiente y mis ojos estaban tan hinchados como si alguien los hubiera agarrado a puñetazos. Mis labios mi nariz mis mejillas mórbidas de chillar como niña, porque no entendía como alguien podía tener la capacidad de dañar tanto y no tener el mínimo de remordimiento.

Recuerdo un día, cuando ya todo estaba muy podrido, un ex amigo, ahora ministre, me invitó al cine. Era la película de las sufragistas. Estando todavía en los anuncios, revisé mis redes, vi una publicación de Facebook que decía que iba a tener una bebé (con la mujer “loca odiosa y mala”). Me quedé helada. Aquel, mi ex amigo (otro misógino solapado), le encantaba meterle leña al fuego, pero también me animaba a mandarlo a la mierda de una vez. En el fondo, siempre creí que se lo quería coger (al cucaracho) por la forma en como lo miraba y hablaba de él. Ahora que lo pienso, hacen un gran Match, se parecen en lo patanes y violentos.

Le pregunté corriendo sobre la supuesta hija. Me lo negó. Siempre lo negó. A este punto, ya ni me importa. Creo que a partir de ese momento ya no lo vi con los mismos ojos. Pero pasarían un par de años para que él volviera con sus mañas acercarme, esta vez ofreciéndome trabajo. Mi corazón no había aprendido lo suficiente porque hasta llegué a considerarlo Amigo. Aún después de todo lo que hizo, volví a confiar en él, ahora como socio y amigo.

Además de ser un abusador emocional, el susodicho también era un embaucador. No sé cómo le hace la verdad, pero le sacaba dinero a las mujeres con las que estaba. A mí, por suerte, me pagó lo que debía porque una muy buena amiga -paisana olanchana- le cobró de una forma no tan educada. Acto seguido, me envió un correo escupiendo todo su machismo y misoginia alegando que por mi culpa había perdido una buena relación con mi amiga, a la que también lastimó. Al principio me reí, después me dio mucha rabia y luego supe que algún día todas esas palabras se le iban a revertir bien sabroso. Y contar esta versión de la historia de terror, no es venganza, es justicia, para recordármelo primero a mí, para no repetir estos tremendos errores.

Una vez, no hace mucho, en su necesidad enferma de compartirme proyectos y pintarse de aliado feminista, fuimos a comer cerca de mi casa. Le llevé un regalo. Unas hierbas amargas y otras hierbas dulces. Se las di de todo corazón. Sin rencores. Siempre he pensado que todas las personas tienen el mismo derecho de regresar a casa, hasta él y todas las personas que hacen eso o cosas peores. Por eso, sé que no me derrotó. Porque yo no he sido capaz de desearle un daño a alguien, pero cuando se trata de exigir justicia, tengo la fuerza de un huracán.

Mi deseo para él y para todos los varones que, aun siendo conscientes que el mundo está hecho a sus pies, y que sabiendo esto se atreven a dañar, traicionar, abusar y violar, es que la vida les muestre de formas muy creativas la propia mierda que han creado.

Seguramente saldrá a decir después de estas palabras, así como le ha hecho creer a otras personas de otras mujeres que están “ardidas, despechadas, dolidas por él”. Y la verdad, es hasta ridículo, como de novela adolescente. Mi mayor acto de justicia ha sido siempre escribir, escribirlo todo. No me sirve de nada mentir. De ahí, por lo demás, el universo solito se encarga.

Hace unos días, me lo encontré en un lugar al que él mismo me convocó, lo esperé en un pasillo para preguntarle para qué me tenés acá. “Para que veas cómo funciona esto”, me dijo con toda su conocida y famosa arrogancia. Pobre perro, pensé. Vos no me vas a venir a explicar a mí como funcionan las cosas, en realidad, el que nunca se dio cuenta sos vos y así como vos, todos los machitos que se creen mejor que las mujeres, me dije a mí. Mis palabras tampoco las merece.

Hoy día, con pocas díasde una luna nueva en acuario, a pocas horas que Marte y Venus hagan lo propio junto al nuevo inquilino Plutón, a unas semanas de los recién cumplidos 33, revisando todo esto en una larga plática conmigo misma, me declaro en existencia y victoriosa ante una situación que pudo haberme llevado a la locura o a la muerte.

Ahora, mis deseos, mis ideas, mi amor loco son para mí sin que interrumpan tanto los fantasmas del pasado. No guardo peso innecesario en mi mochila. Me da alivio saber que esa historia por fin tiene un final en el que todas las sobrevivientes de ese depredador emocional, salimos ganando.

 

FIN

 
 
 

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