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DESOBEDECER y la belleza de no hacer nada


Hoy no quiero levantarme temprano. No me quiero bañar. No quiero cocinar ni contestar el teléfono.

No se me apetece ver a nadie ni cumplir las metas exigentes de cada días (hasta los domingos) de ser productiva y útil para la rueda.

Al contrario de eso, quiero quedarme quieta en la cama hasta que el sol marque al mediodía. Prender un porro, encender la música que me enciende y bailar con mis gatos hasta marearme.

Sólo por este momento quiero saborear algo de libertad dentro de la dictadura del tiempo. Mis ancestras lo celebran y me animan a desobedecer. Eso mijita, me dicen, vidas son muchas, pero la vida sólo es una.

Es una y se me está yendo en el estrés de cumplir a fin de mes con la renta, las cuotas, los informes, los placeres, los vicios, los todos que se atraviesan en esa falsa cortina de clase media que no es otra cosa que la esclavitud con cadenas más confortables, pero cadenas al fin.

Enciendo la tetera para el chocolate. Merlina, calcetines y cobija. Mi cuerpo se regocija y la mente empieza a torturar con la culpa. El teléfono suena, la alarma de los correos pendientes por redactar, la caca de los gatos por limpiar, la ropa sucia de la playa por lavar, todo el peso del pinche exitismo en los hombros.

Y luego me olvido y me recuerdo. Renuncio este día a toda forma de esclavitud, hasta la que habita en mi mente. Sólo por hoy, me digo, como mendiga pidiendo pan y leche.

Apagaré todo recordatorio del tiempo. Voy a mirar por la ventana de mi nave y a disfrutar esta luz potente de luna. Voy a bañarme en sus rayos. Navegaré en mis aguas densas y profundas, sin abatirme en culpas y mandatos asquerosos de ser “buena para algo”. No quiero ser buena este día, quiero ser, y nada más.

El michi se acuesta al lado para sentir el calor del chocolate y mis muslos apaciguados por la pereza. Me invita con su cola peluda a enrollarme con el sueño. ¿por qué estoy tan cansada? Siento que llevo miles de años corriendo contra el tiempo y me olvido fácil de ver el panorama.

¿Qué sentido tiene pagar una casa si no la habito? ¿De qué sirve trabajar tanto si no tengo tiempo para disfrutar del fruto recogido? Vuelvo a desenchufar la mente. Sólo por hoy, no quiero pensar ni para qué sirvo, ni para qué vine, simplemente quiero celebrar que estoy, que soy y que vivo.

Mis abuelas danzan conmigo en silencio porque por fin me atrevo a desobedecer a la dictadura del tiempo y a todas las pinches dictaduras que me atan los pies y las manos. Mi vientre es una caldera de ideas y deseos, pero hoy manda la quietud. Por hoy y sólo por hoy, estaré en mí, resguardada en lo difícil y lo extraordinario de no hacer absolutamente nada.


Las horas pasaron con tres pestañeos. Avisto el atardecer y me regocijo. Yo, la más indisciplinada, me cumplí la promesa, les cumplí a todas ellas que están agotadas y que viven dentro de mis huesos, músculos y sangre. Les he cumplido, abuelas, estoy aprendiendo a descansar y a disfrutar la vida. Ha sido por un día no más, pero me lo he saboreado intensamente.

Algún día, ya no será sólo un día, será cuantos sean necesarios para que todas ustedes se hagan bolita y se duerman la siesta, sin la preocupación del reloj, con la plena certeza que un día desobedecido es un día donde el sistema de muerte se desmorona para siempre.




 
 
 

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