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El Ministro y Lady Pachamama




Era una mañana lluviosa y gris de octubre del 2015 en la triste Tegucigalpa. A paso acelerado, la capital se estaba convirtiendo en un laberinto de concreto oscuro, con el narco sentado en el trono. Los corazones indignados salían con antorchas en mano a pedir justicia y, al mismo tiempo, a iluminar algún trazo de esperanza ante el futuro incierto.


Había invitado a las compas de la chamba a un viaje para Olancho, a una cascada mística que hacía mucho tiempo había escuchado mentar: Ojo de Agua, ubicada la aldea El Carbón, en el corazón de la Sierra de Agalta. Para entonces, yo era la editora de una revista en Olancho. Era un trabajo realmente divertido. Conocer ese Olancho tierra adentro, con sus historias y leyendas de realismo mágico, la inconmensurable belleza del verde y el azul, me envolvían en una especie de refugio, ante tanta tiranía estatal, laboral y emocional. 


Las chicas me cancelaron por el clima. No creyeron que fuera conveniente salir así, pero mi luna en Tauro es la obstinación latiente. Siempre hay un plan b,c y z para cuando tengo algo en mente. Le escribí a ese nuevo amiguito, paisano, historiador, muy chistoso e inteligente que había conocido el año anterior. -En este texto me referiré a él como el Ministro-.

Ya me habían advertido algunas cosas sobre él. Uno de mis mejores amigos, justo cuando me lo presentó, me dijo que era alguien que le gustaba llevar el relato social histórico (chisme) a unos niveles cuestionables y poco éticos. Pero cuando una le hace mucho caso al ego, este te engaña bien a gusto y te hace creer que esos chismes inventados, que generan tanta risa en las reuniones y meetings políticos, nunca se van a conjurar contra tu persona. Claramente, yo era una chavala de veintitantos años bastante ingenua y seguía creyendo que todas las personas, en esencia, eran más buenas que mierdillas.


Entonces, me dijo que sí de una. Pasé por él, como hice tantas veces y nos fuimos por la carretera con música y largas conversaciones hasta nuestro añorado e idealizado Olancho.

Llegamos como a eso de las once de la mañana a Gualaco. Ahí nos estaría esperando el guía, de quien no me acuerdo del todo. Había mucho lodo y el insistente chis chis del invierno creaban un ambiente fantasmal. Llegamos al desvío y un segundo guía nos llevó caminando unas dos horas hasta la cascada. Las fotos que tomamos no le hacen justicia al lugar. Recuerdo que me dieron ganas de llorar al ver que toda esa belleza estaba escondida en las entrañas del bosque. El agua estaba fría y el sol por fin había calentado el día. Nos metimos a bañar, escalamos las piedras, la pasamos divertidos como niños pequeños.


Esa experiencia la recuerdo como la primera vez que sentí una conexión espiritual profunda con el agua. La cascada me dijo unas cuantas cosas, me limpió todo el barullo que venía acumulando en los últimos meses. Me imaginé cómo llegaron ahí los ancestros y ancestras a hacer sus rituales sagrados. Experimenté lo que llaman los ingenuos “el despertar espiritual”. Lamenté que no estuvieran ahí más personas para que pudieran ver y sentir esa belleza imponente con nosotros.


Regresamos luego porque era peligroso quedarse tanto tiempo. Ahí cerca están los invasores con sus mega proyectos que prometen desarrollo, pero lo que dejan son muerte y destrucción. Me acuerdo que comencé a estructurar inmediatamente esa noche un artículo para la revista sobre nuestra visita a la cascada mágica.

Al día siguiente, regresamos a la realidad laberíntica del hoyo perverso. Y nuestra amistad parecía florecer más. Mi conexión con las personas viene precisamente luego de observar ese lente con el que aprecian la belleza. Si yo miro la belleza y vos miras la belleza ¿por qué habrías de querer hacer daño en este mundo? Hay cosas que no tienen respuesta.


Las formas de actuar del ministro para ganarse la confianza de las personas, son muy hábiles, típico de una personalidad narcisista, aunque no soy psiquiatra para diagnosticar, la terapia me ha enseñado a identificar y nombrar las cosas. No obstante, en mi momento más canónico de la vida, tenía que aprender sobre el discernimiento. Tenía que aprender sobre el lado oscuro de las amistades y de las personas en las que confiamos ciegamente.


Al poco tiempo, caminábamos juntos por todas partes, él conoció a mi círculo cercano de amistades y yo conocí al suyo. Estudiamos juntos un diplomado. En mi caso, llegué a considerarlo un buen amigo. En el pueblo, las personas estamos acostumbradas a cuidar y cultivar las amistades porque sabemos lo que valen, sin embargo, en todas partes, incluso en el departamento más creído del planeta, hay gente desleal, esa que sólo le interesa ver al mundo arder. Entender que no todas las personas pueden ser nuestras amigas, es la lección que mi madre intentó darme toda la vida y estando más vieja (sigo todavía aprendiendo), lo capté mejor.


Siempre había comentarios, chistes y bromas fuera de lugar. Ese humor machista, misógino, homofóbico que necesita una víctima a la que todos tienen que voltear a ver para no fijarse en los defectos del emisor del chiste. Y, en su caso particular, el centro de la burla o mofa siempre eran las mujeres, las personas diversas y/o las personas menos privilegiadas. Aún así, decidí recomendarlo a él para que ocupara mi puesto en la revista, porque confiaba en su pluma y amor por Olancho.


Pero tampoco era honesto a nivel profesional. Recuerdo una vez que comprobé que había plagiado un texto. Sentí pena por él, porque al final, eso habla más de los complejos y las inseguridades que de las malas intenciones. Hasta que un día volcó toda su misoginia y odio contra mí y ya perdí toda consideración hacia él. Mi amiga M. me enseñó que hasta las más empáticas somos malas y también podemos ser peores, de ser necesario. No haremos la revolución dándole oportunidades a quienes nos han intentado aniquilar.


Recién regresaba a Honduras en 2018. La trampa del ego estaba a todo lo que da, pero quería hacer muchas cosas en colectividad. Inmediatamente me integré a la lucha a nivel nacional para revertir el fraude electoral del 2017 y en esas filas estaba también el ministro. En ese tiempo conocí grandes luchadoras y luchadores que marcaron mi forma de percibir la política y existir en este territorio tan caótico. Por eso, el dicho que “la verdad está en el campo, en las calles, en la selva”, tomó sentido y la vida aquí se volvió más interesante. Ya no tenía que escapar todo el tiempo o evadir la realidad. Encontré expresiones de amor, de arte, de conciencia y coherencia en los lugares menos esperados, ante una barbarie que parecía no tener fin.


Mi relación con el ministro no era la misma después que noté una serie de situaciones que me hacían desconfiar. De frente, él actuaba como si fuéramos los mejores amigos. De hecho, una vez, en una reunión que tuvimos en su casa, en la que se quedaron varias personas aguantando maceta en las calles a nivel nacional, me advirtió sobre las intenciones de un hombre que estaba ahí rondando, me protegió como lo haría cualquier buen amigo, esa era precisamente mi nebulosa hacia él, no sabía si sus actitudes eran sinceras o simplemente lo hacía para quedar bien. Como mencioné antes, es una persona astuta, que comete el craso error de creerse más inteligente que todos los demás.


Al cabo de unos meses, me fueron hartando sus actitudes machistas, su homofobia, su clasismo, sus prácticas agresivas pasivas, me fue cansando la duda, hasta que confirmé las sospechas y lo saqué de mi entorno. Estaba muy ocupada navegando en otras realidades como para haberlo notado bien antes, pero todo es parte del proceso, supongo.


Una noche salí con las aleras, nos fuimos a la disca. Estando en lo mejor, me llamó un personaje sampedrano que tiene apodo de juguete. En mi estado alterado de conciencia, no le entendí muy bien al inicio. Lo puse el altavoz. “El ministro me dijo que vos andas preguntando sobre el tamaño de mi verga”, me dijo. Mis amigas soltaron la carcajada. Pero yo me puse seria. Le pedí que repitiera lo que acababa de decir. Me volvió a decir lo mismo y agregó: “mi pregunta es, ¿por qué no me lo has preguntado a mí directamente?”. Le dije: “agradecé que toda la dopamina que ando en mi cerebro me impide mandarte a comer mierda como es debido”. Pero me quedé intrigada. ¿Por qué habría el ministro, que aseguraba ser mi full íntimo, andar hablando esas cosas, que, además, eran falsas?


Al día siguiente, llamé al ministro y le reclamé lo que el susodicho me había contado. Me lo negó todo y dijo que seguramente el personaje con apodo de juguete, lo había inventado para tener un chance de cogerme. Le colgué. Pasaron algunos días hasta que aquel tipo volvió a escribirme para reiterarme el chisme y esta vez, con pruebas. Me quedé perpleja, pero en el fondo lo sabía, lo supe todo el tiempo. Aquella amistad con él nunca fue recíproca. Parecía más bien un odio escondido de su parte, de esos que aún no logro entender, ese rechazo internalizado hacia la mujer y/o la figura femenina, que, al final, no es otra cosa que un rechazo interno a reconocer la feminidad en la esencia misma de la persona. Por eso, el patriarcado está condenado a desaparecer, pues todavía no hay fuerza que logre anular la naturaleza salvaje que llevamos todas, todos y todes. Aceptar la diversidad en nuestra propia humanidad nos hará libres algún día y dejaremos de andar regando mierda por culpa de los miedos y prejuicios.


Desde ese momento lo corté de raíz. Le advertí que si continuaba hablando de mí o de mis amigos, iba a conocerme ese lado poco agradable que todas las olanchanas tenemos, que todo lo que ofrendamos, regresa triplicado.


En estos últimos años, especialmente desde que, a sorpresa de muchos, tiene conferido un poder político que lo convierte en una persona altamente perjudicial para el proceso popular (que ha costado la vida, sangre y lágrimas de muchos seres), entendí que no soy nadie para juzgar, ni tengo el poder de hacerlo por mi cuenta. Gracias a personas como el ministro, aprendí que los despertares, los sueños y las pesadillas son sagradas por igual. En otras palabras, son sus decisiones, pero el karma siempre llega, aunque corras rápido.


Me dolió entender que no todos los seres hablamos el mismo lenguaje del respeto, por mucho que sean de aquel terruño romantizado, en el que todos son compañeros y familia, donde nadie te jode si no andas jodiendo.

A pesar que no es una persona que yo quiera frecuentar, varios conocidos que están cerca de él me han contado los comentarios que hace sobre mí y otras personas conocidas. Una de las cosas recientes que ha dicho es que mi escrito sobre el depredador emocional, era mi “frustración de que no me coja”, y que la frustración que siente una de sus empleadas -una de las que más lo defiende-, es porque nunca se lo pudo coger (al depredador emocional). Y así se la lleva, inventando, denigrando, cosificando a las mujeres y a sus pares, con completa impunidad y el temor a caer en su jeta. Pero lo más grave fue ver cuando vendió a los estudiantes hace años, o los casos de corrupción que supuestamente está cometiendo en las instituciones que tiene a su cargo o los insultos a personas en X (Twitter), sin pudor alguno.


Es preciso resaltar que mi crítica hacia él nunca fue ni será contra por sus preferencias sexoafectivas, o si vida íntima, que, a decir verdad, no me interesa en lo más mínimo. Lo que haga de la cintura para abajo y sea consensuado, es su problema y no puede ser sujeto a escrutinio público. Lo cuestionable de esta persona es, sin duda, que es un oportunista de todo un movimiento que sacó de la silla al narco, para que en su lugar, llegarán mejores personas, no lobos vestidos de ovejas.. Esa es la eterna maldición de los estados-nación de Latinoamérica, se logran procesos populares importantes, pero este tipo de personas vienen a sabotear desde adentro, el hegemón nunca descansa, si no  preguntenle al pueblo argentino.


La espiritualidad y los golpes de la vida, me ha enseñado que no somos ni buenos, ni malos, ni indispensables, somos lo que somos, según nuestras circunstancias y la historia que nos tocó, pero llega un momento en que somos únicamente lo que hacemos, no lo que decimos, no lo que prometemos, somos lo que dictan nuestras acciones.

 

Por algunas personas, sé que el ministro se refiere a mí de forma despectiva como lady Pachamama. En el fondo, me halaga que siga tan pendiente de mí después de tantos años. Un hater en las sombras. A las cipotas les genera risa el apodo, aunque la connotación sea negativa, a mi me da muy igual. Prefiero ser la loquita que habla con las plantas y los gatos, a que me señalen por corrupta, déspota o misógina.


Dicen las mancias y las abuelas que el poder es efímero y no cambia a nadie, sólo revela lo que realmente son las personas. Así que un día la historia y el curso natural de la vida pondrá a cada quien en su lugar y nos volveremos a ver las caras, sin prados blindados, sin escudos políticos, sin chantajes, sin máscaras.


Mientras tanto, seguimos entretenidas en la misión de encontrar esos santuarios naturales, de los que, por cierto, sigo aprendiendo lento, continúo experimentando la vida y cagándola como todo el mundo, pero a mi manera, con la firme certeza que mi gran poder reside en contar la verdad, aunque salga caro por ratos.


Vivimos tiempos interesantes (determinantes) y resulta que el tiempo se nos acorta como para estar esperando que los poderosos del mundo (los verdaderamente poderosos) decidan nuestro destino. Vuelvo a pensar en aquella cascada, Ojo de Agua, que ahora no es ni el 25% de lo que era cuando la conocí por primera vez. Pienso en todas las mujeres que ha matado el estado patriarcal y en toda la gente que ofrendó su vida para que hoy esté un gobierno de izquierda (desde sus matices) en el poder en Honduras.


Eso convierte en insignificante a un aprendiz de dictador milenial con muchos complejos. Solo me hace recordar que seguimos en alerta, seguimos resistiendo a la tiranía mayor. El hecho de que seamos de la misma regeneración no nos convirtió en compañeros, tampoco ser del mismo territorio, ni compartir opresiones similares. Es verdad que hay personas que solo nos enseñan lo basura que pueden ser y nada más, no hay lección escondida ni abono que valga, pero nos recuerdan que el proceso de resignificación no concluye nunca.


Al ministro solo le deseo mucha claridad mental, reivindicación de conciencia y la fuerza necesaria para enmendar y afrontar los errores (anteriores y nuevos) y que espero pacientemente, como lo he hecho antes, que la rueda del karma me de la oportunidad de ver que la justicia por fin llegó a favor de las mujeres, de los oprimidos y de las mayorías.


Hecho está y pactado está.

 
 
 

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