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El viejo jaguar


Ya busqué por todos lados. En archivos viejos, libros y cuadernos sospechosos. Cualquier registro o pista que me lleven a ese viejo sitio, donde habitó un ser peculiar. Pero ya no está más. Le esbozo una señal cautelosa para que no piense que estoy impaciente cual adolescente ilusionada, aferrada a la almohada. Pero fallo en el intento, pues tengo la mala costumbre de confesarlo todo. Y por si fuera poco, ya perdí la capacidad de atraer a los huraños. Es que lo había olvidado, él es un felino. Y esos ingratos se acercan cuando quieren, no cuando los buscamos.

Me distrae la música. Los terribles deberes de la edad adulta y la negación a creer que este país está hundido en la mierda. Tengo un millón de preguntas por resolver y el mundo de pronto se puso más estrecho, pero la vida jamás se sintió tan maravillosa. Nunca había tenido tanto amor para dar y jamás estuve tan sola y en paz.

Vuelvo a ver el teléfono y mando un reclamo en forma de amor y vibración. Mi viejo Jaguar asoma las orejas, pero se niega a regresar a la ventana, a dejarme un beso, sólo uno, para luego regresar a cazar a la selva.


Por eso me distancié de los gatos a edad temprana. Me rehúso a aceptar la manera en cómo un día te demuestran un amor fulminante y al día siguiente te hacen sentir que no existís. Hay que acudir a la autoconfianza, al autoengaño, a la distracción. Pero luego llega uno especial que te reconcilia con tu lado gatuno, como Cascabel, el gatito porteño que me hacía cariñitos en la cabeza y me ronroneaba amor. Yo lo quise y él (a veces) me quería.

Tal vez fue el baile simple de las cosas. El que nos mueve de un lado a otro. Ese que me lleva y me trae al mismo sitio para enseñarme lo más terrible y lo más hermoso, como dice Silvio. Eso que te inunda de bondad, de pasión y espiritualidad al mismo tiempo. Lo que no se puede describir con exactitud porque aun no lo codifica la palabra. Todo aquello que pasamos negando, por cobardía, por miedo a volver a perder.

Quise tanto o más a ese viejo y huidizo Jaguar, que a la primera salí corriendo, sin recordar cuánto esperé para que viniera a mi encuentro. Olvidando su naturaleza única, redescubriendo la mía. Lo ame con el cuerpo, con las tripas, con cada esquina de mi existencia. Con la misma curiosidad de mis diecinueve y la nueva soberbia de mis veintisiete. En ese lugar donde todos los clichés se vuelven verdad. Todos los mitos son realidad. Y el miedo a perder cualquier rastro de libertad va dejando una ceguera profunda, a lo Borges.

Por eso decidí no salir a buscarlo más en esta jungla peligrosa, llena de hienas, ratas y cocodrilos. Me quedaré por mientras en casa con mis plantas, con los colibríes y los gorriones -aunque se coman las rosas-. No voy a buscarlo en mis viejos escritos, esos lugares ya no me habitan, pero los ando todo el tiempo conmigo. Me acompañaron por cielos lejanos y aguas extrañas. Conocí cualquier animal extraño, bello, sensible, oscuro y lleno de luz, pero ninguno escarbó tan profundo.

Encontraré quizás un nuevo Cascabel que me quiera por ratos, me llene de pelos la cama y me vea todo el tiempo con extrañeza. Pero seguiré esperando a mi animal sagrado.

Voy a sentarme a esperar en la acera de aquel pueblito fantasma en el que anduvimos prófugos un sábado. Esperare hasta la última luna de tu nagual, con la paciencia de una madre, con el desespero de una amante y con la virtud de una amiga. Que no te que quepa duda, felino escurridizo, esperaría otra vida si fuere posible para volver a inundarte con mi amor loco, para empezar a pedir perdón y que ya nunca más intentes huir de mí.

 
 
 

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