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La hoja vino al encuentro





La hoja inició hace diez años. Mi yo adolescente estudiaba psicología en la UNAH. Escribía entonces para “Teguz” una revista que se distribuía en varias universidades de la capital. El editor envió al equipo de redacción a un curso gratuito de periodismo cultural digital en el centro. No tenía ni la más remota idea de lo que era un blog. Con el hi5, el Hotmail MSN y el recién creado Facebook, mi mundo virtual estaba completo.

Al finalizar el curso, les instructores, una periodista costarricense y un escritor guatemalteco, nos dejaron como tarea final abrir nuestro propio blog y comenzar a publicar nuestras propias historias.

La curiosidad siempre iba un paso adelante, pero en ese momento no tenía claro de qué iba a escribir. Tampoco sabía que me estaba aventando a un mundo tan desconocido como fascinante. Y me lancé, como siempre, sin pensarla tanto.

Al principio eran historias típicas de una teenager de pueblo con una oferta cultural limitada que se muda a la ciudad para estudiar y se va encontrando con una realidad abrumadora, dolorosa. Desde muy pequeña escribía de todo, pero la interacción con un pequeño grupo de lectores –en su mayoría desconocidos- lo cambiaba todo.

Con el tiempo llegaron muchas preguntas, demasiadas ahora que lo pienso. Centroamérica, además de hacerte conocer el dolor de formas espectaculares, te va haciendo madurar muy temprano, inevitablemente crecés o te hundís.

Con el tiempo le fui agarrando el gusto a eso de “bloguear”. Por supuesto tenía más tiempo que ahora. Cuando vino el Golpe de Estado, me cuestioné mi mundo entero y ya no pude verlo con los mismos ojos, tal como le sucedió tarde o temprano a cada habitante de este país. El blog, por tanto, se volvió un canal de desahogo, de penas con condimentos sabrosos.

Mis lectores eran en su mayoría mujeres. Eso le daba un plus especial. En un mundo donde te han enseñado desde pequeña a competir con ellas, que una me preguntara: “¿cuando publicás otra historia? ¿podés escribir sobre tal tema?”, yo sólo era –sigo siendo- una güirra culo cagado con algo de autoestima, pero sentí que había encontrado –por fin- mi lugar.

Ya no pude dejar de revolver palabras y me cambié a Periodismo. Mi primer empleo vino porque mi jefe leía mi blog. Con el segundo empleo pasó lo mismo. Luego llegaron los veintes y sus trampas. Mi blog seguía siendo un refugio, pero cada vez más abandonado, más solitario.

El impulso de cambiar mis estrellas me llevó a los lugares más inciertos. Nadie me dijo nunca que el infierno era la propia mente y que el hoyo negro en realidad está en la boca del estómago y no en el chakra raíz. Sombras y luces. Felicidad infinita. Desamores y Frankensteins patriarcales. Todo a la vez, a cada uno le fue abriendo el corazón o una lápida en el barro.


Honduras se me iba haciendo cada vez más extraña, pero decidí volver, abrazar mis raíces y quedarme nuevamente a coser mis alas. A la mala comprendí que la espiritualidad no es el canto alegre de las aves, ni la confianza ciega en que todo estará bien si cierro los ojos y me olvido del resto, como aseguran los flowerpowers que viven en la burbuja del capital.

La paz interna acarrea las más crueles guerras, con tu entorno y con tu propio esquema de valores. Me convencí, también a la mala, que lo personal es siempre político. Que no puedo pretender buscar la felicidad individual sino deseo y busco la felicidad colectiva.

La Hoja, entonces, antes perdida, antes más verde, ha hecho finalmente su fotosíntesis. Me tomé el tiempo necesario para culminar el inicio de esa búsqueda y este el resultado. Un improvisado taller de velas y cosmética natural. El cacao, la semilla sagrada de les dioses que me enseñó a volar sin despegarme de la tierra. Los cuarzos, las flores, la miel y las hierbas que me han enseñado sobre paciencia. Y las terapias alternativas que me mostraron un universo de posibilidades para sanar en amor y armonía.

Un mundo más cruel trajo también más verdades compartidas. Cada vez somos más las mujeres que sanamos en conjunto, compartiendo saberes, politizándonos, acompañándonos en penas y risas. El llamado de la Madre Tierra no es para que la salvemos a ella, es para que no salvemos a nosotras mismas, las dadoras de vida no sucumben ante la injusticia, renacen y florecen cada día a la orilla del río, en la mar, en la selva, en el volcán.

Estamos imaginando un nuevo mundo. Uno sin toletes y sin balas. Uno con más verdades, con el pluralismo, la sororidad, la magia y las bondades de la Madre que necesitamos para sobrevivir a los grandes cambios que, queramos o no, estamos viviendo.

Bienvenides nuevamente a La Hoja, este es mi parto, mi sueño materializado y hoy lo quiero compartir con vos.

Que la vida sea siempre.



 
 
 

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