La rebeldía de sentir y transformar el dolor
- Lizbeth Guerrero
- 15 oct 2023
- 4 min de lectura

Ya que el suspenso no termina y ser acerca un eclipse en Luna Llena, vamos a quitarnos los parches y sentir lo que realmente duele. Sin antidepresivos y sin autoengaños. El pensamiento positivo de los mindfullnes capitalistas es como una curita que intenta tapar una herida a corazón abierto.
Hay que permitirnos sentir el dolor, no ocultarlo. Cuantas veces sea necesario. Así como la Madre Tierra necesita de la lluvia para limpiar el aire y refrescar los suelos, el cuerpe también necesita liberar esas nubes negras y convertirlas en vida. El llanto es vital. Pero eso tampoco tiene que ser autoflagelo ni convertirse en costumbre. Hay miles de formas de llegar a ese momento, pero es importante hacerlo desde esa ternura rebelde.
No hay recetas mágicas para calmar los demonios de nuestra mente y menos para controlar los demonios ajenos. Ese es el proceso que dura toda la vida. Pero cuando aprendemos a escuchar, tocar, oler, ver, saborear e intuir nuestros dolores, a sentir lo que nos dice esta maravillosa unidad de tierra que nos sostiene, todo lo demás se vuelve más fácil, empieza a esclarecer el mito de la “vida plena”.
Siento/pienso, luego co-existo.
Hablar de espiritualidad es como empezar a deshilachar una cobija que abarca el universo entero. Existen miles de caminos para llegar a ella y tampoco es un trofeo por el que hay que competir. Pasa lo mismo con el conocimiento. La primera antecede a la otra. Siento, pienso, luego coexisto. El conocimiento no sirve de nada sin el espíritu. Por eso me doy el lujo de reescribir uno de los mayores planteamientos fundantes del racionalismo occidental. Seguramente Descartes estaría de acuerdo si hubiera conocido a los feminismos comunitarios.
Dicen que la iluminación es para aquellos que ya no tienen nada más qué aprender en esta dimensión diminuta. Entonces, como la vida misma –porque nada está separado- lo más importante de la espiritualidad, es el camino en sí, no es la “meta” al final de una pirámide. El viaje es la única ganancia, todo lo demás es bastante efímero.
Y esto no es nuevo y tampoco me considero ejemplo de nada, una no es guía o sanadora de nadie, salvo de nuestra propia ser. A pesar de todas las estructuras carcelarias, ideológicas y religiosas que nos han impuesto a nivel biológico, cultural, social, sexual, especialmente en países como Honduras, que entre los miles de rituales de violencia e injusticia que se viven a diario, he entendido a la espiritualidad como el máximo abrazo de esa entidad colectiva sagrada, como le dice Sylvia Marcos, parafraseando a la denominación que los pueblos mesoamericanos tienen para definir a los dioses y diosas.
Pero esa entidad se construye desde lo más íntimo, la carne está guiada por el espíritu y no al revés, si algo nos duele en la cuerpa, es porque algo intenta decirnos nuestra diosa interior y, consecuentemente, algo nos está diciendo esa entidad sagrada colectiva. Nada está separado.
Empatía
Es por eso que es imposible dejar de sentir el sufrimiento que se vive en el territorio que cohabitamos. Nadie puede presumir de espiritualidad o maestría en mindufullnes si no es capaz de sentir como propio el dolor que sufren hoy millones de personas, animales, ecosistemas.
Comprender, sin ofuscarse, que ese camino puede ser profundamente doloroso, pero una vez que comienza el proceso alquímico de la sanación espíritu/cuerpo, también es sorprendentemente placentero y fascinante.
La empatía –primero por una misma- y por todo ser viviente, es un síntoma de ir por un buen camino en la curación de esos dolores. Y el proceso continúa, cocinándose a fuego lento, condimentando las tristezas, moviendo espirales en una olla de barro, con esos ingredientes que la vida, generosa, nos sigue ofreciendo.
No creo en las «revoluciones de consciencia» sin acción política y sin interpelación constante. Y no creo en activismos políticos y academias que relegan y hasta ridiculizan la espiritualidad. Un corazón empático en los cuerpos y cuerpas que se organizan y se juntan para curarse las heridas es fundamental para pensarnos, transformar y construir nuevas formas de vida.
Negar los dolores es un encierro dentro del encierro. No sólo estamos en el presente. Todo se está viviendo al mismo tiempo. Eso puede ser provechoso, si nos ubicamos en otra perspectiva de la vida y hablamos y escribimos y creamos lenguajes sobre los sentires y los pensares que vamos descubriendo. Nos resolvemos a ser felices sin mentiras, como el mayor acto político contra este sistema racista y colonialista, como exponen las feministas comunitarias.
La nueva crónica nos deja conscientes que ya no se puede mantener el statu quo. El mundo ahora es una película de Jumanji, pero antes también lo fue y seguramente lo seguirá siendo después de esta episodio si no aprendemos esta lección de sentir primero, escribirlo después y transformar lo que duele en nuevas formas de vivir en armonía colectiva.
Todo duele, no podemos presumir de una falsa felicidad que te dan las adicciones y olvidarte de esa herida mortal. El mindfulness de los dólares se convierte entonces en una forma de manejar, naturalizar y hacer perdurar los sistemas tóxicos (patriarcado/capitalismo), en lugar de convertir el cambio personal en un cuestionamiento crítico de las condiciones históricas, culturales y políticas que generan tanto sufrimiento personal y colectivo.
Por esta vez, no escuchemos esos programas. Sintamos cómo corre la lluvia, hagamos un tecito y sintamos y lloremos y gritemos del dolor y escribamos, quememos papeles o estaciones de policía. Porque no queda de otra. La defensa del territorio empieza conociendo cada rincón y puntos vitales de la cuerpa y del entorno. Así resistimos, así recuperamos la alegría y las ganas de seguir luchando aun cuando perdemos el rumbo.




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