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Mindfulnes o espiritualidad capitalista: La industria de la “felicidad” en tiempos de coronavirus


Ojalá vivas tiempos interesantes, reza alguna maldición china. Este Viernes Santo, el mundo cerró con poco más de un millón y medio de personas contagiadas por el covid19. Un sector de la población mundial –unos mil millones de ciudadanos de clase media y alta- permanece todavía en confinamiento obligatorio y presentan los mayores focos de contagio. El resto del mundo (la gran mayoría), que no tiene privilegios, sigue exponiéndose al peligro porque viven de la economía informal y buscan su día a día en la calle. Esta situación se vuelve más precaria en países que no garantizan el mínimo vital para su población, como Honduras, con su esfera paraestatal y una élite gubernamental altamente corrupta.

Y es que todo apunta a que las desigualdades se profundizarán mucho más con esta crisis mundial. Las “plagas” anteriores al coronavirus también están a punto de propagarse a nivel global. Cambio climático. Neofascismos. Guerra contra los pueblos originarios y la Naturaleza por sus recursos. Militarización de la sociedad y la vida. En fin, una agenda perfecta para el Apocalipsis. Esta cuarentena nos estará obligando, con lujos o no, con hiperproductivismo o no, a mirarnos en el espejo y ver toda la mierda que venimos arrastrando.

Notoriamente, en este momento nadie la está pasando bien. Nadie que esté practicando la sobriedad, al menos. Sin embargo, este encarcelamiento (que es el sueño mojado del estado neoliberal y su peor pesadilla al mismo tiempo), está siendo un verdadero manicomio afuera y adentro de casa. Con privilegios o no. La moneda está en el aire. Como decía ayer Enrique Dussel en un live, la Naturaleza le ha dado un ultimátum a la humanidad: o damos paso a una transformación radical o nos vamos todes a la mierda. Ante esa realidad, esa cárcel mental de la cual no es tan fácil salir, nos vamos escabullendo entre curitas. El sistema siempre ha encontrado la manera de reinventarse y crear soluciones ficticias a nuestro estrés.

Hay quienes deciden invertir su tiempo en llevar el conteo de contagios, muertos y casos sospechosos para informar en redes sociales. Los medios hegemónicos siguen siendo los más beneficiados, sin importar la tragedia de turno, exponiendo a sus empleados. Mientras nos van incrustando en el imaginario social que el futuro será virtual. Los ejecutivos de Silicon Valley se están frotando las manos. Las profecías más terroríficas de Black Mirror se convierten en hechos más pronto de lo imaginado. El capitalismo está listo para lucrarse (otra vez) con el exterminio y el sufrimiento, que ya está acarreando la nueva pandemia. El ave de rapiña no puede calmar su saciedad.

Despertar o morir

Si hay algo que se puede divisar entre tanto oportunismo, es el pragmatismo que tiene el instinto de supervivencia. Hace un mes parecía imposible ver a neoliberales, especialmente a los mindfulness privilegiados que han salido de su propia burbuja, leyendo –y ojalá comprendiendo – a los teólogos y filósofos de la liberación y/o las epistemologías del Sur. Finalmente se darán cuenta (o eso esperamos) que todo lo que no sea bien común y no esté en armonía con la Madre Tierra, es un latrocinio; la primera gran contradicción. Lo contrario al proceso histórico de la vida.


La espiritualidad, esa que yo considero pragmática, es la que te enseña que para develar el velo, primero hay que aceptar que hemos vivido en una absurda obra de teatro dirigida por un puñado de hombres crueles e insaciables. Que no hemos sido nosotras quienes manejamos el carro. He aquí un lado “luminoso” en toda esta oscuridad, nos obligará a despertar un poco más. Y no es una tarea agradable, de hecho, es bastante dolorosa, pero es necesaria si queremos un futuro.

Fake news, incertidumbre, histeria colectiva. Parece el coctel ideal para el capitalismo en la noche más oscura de su existencia. Gran parte de la productividad mundial se ha detenido. Las fronteras cerraron. No hay gran flujo de capital físico, excepto el de drogas y alimentos básicos. La fuerza laboral está en pausa a excepción de los agricultores, ganaderos y obreros de la salud. En algunos países la gente está comenzando a hacer barricadas porque no tienen qué comer. Algunos analistas sugieren que el desplome definitivo aún no ha comenzado. Ahora mismo la humanidad es un malabarista tratando de sostener todas sus bolas de fuego. Se cae una al suelo y se termina la función.

Replantearse todo el sistema de valores, desde la raíz, en este momento incierto, es una necesidad individual, pero sobre todo colectiva. El cambio está transitando en nuestras narices. No hay manera de volver a ser las mismas personas después de todo esto. Tal como lo dijo hace poco la periodista estadounidense Naomy Klein, “la normalidad era la crisis”. Es tiempo de despertar, no dejar que la bestia (capital) nos siga anestesiando con distracción, explotación laboral y recetas falsas de “felicidad”.


Portada del libro «McMinfulness: How Mindfulness Became the New Capitalist Spirituality» de Ronald Pursher


La religión del “yo” y la falsa consciencia

Incluso para las personas privilegiadas que viven su cuarentena en la comodidad, la emergencia está sacando a pasear al monstruo. Es imposible no reencontrarsee con viejos demonios bajo la cama. Revisar mínimamente lo que era antes tu vida. Avistar un poco el futuro. Y regresar a la ansiedad, al puto estrés. Luego la evasión. El Netflix se enciende solo y te atrapan las dos temporadas de Narcos México. Aparecen las tareas inventadas del jefe para justificar tu salario. Las crisis familiares. Tener a los niños 24 horas en casa. La cadena nacional, los grupos de whatssap, los ex, las peleas de pareja, los fantasmas, las clases, el yoga, las recetas de Tasty, los juegos, las voces que juzgan. Todo es válido para distraerte, para postergar ese encuentro con el espejo, pero la burbuja debe romperse de una vez. Y es cuestión de tiempo. Y cuando eso suceda, estarán varios gurúes esperándote.

Uno de ellos será el ultra positivismo o la industria de la felicidad, diciéndote que te encierres más en tu “universo”, porque los demás “están mal porque quieren” o porque no le piden al universo la abundancia que merecen y por eso no tienen el dinero para pagar las “herramientas milagrosas” que le ofrece el mercado mindfulness y así convertirse en un “superhumano” a prueba de crisis (personales y mundiales). “Si yo estoy bien, nada más importa.” Como sugiere Ronald Pursher en su libro McMinfulness: How Mindfulness Became the New Capitalist Spirituality, la bandera del “aquí y el ahora” que pregona el mindfulness es una práctica que “cultiva la amnesia social, fomentando el olvido colectivo de la memoria histórica y, al mismo tiempo, excluyendo eficazmente la imaginación utópica”. Creer que ya no se puede hacer nada y generar más desigualdades, es la gran apuesta de esta nueva religión del yo que cada año se vuelve más atractiva para Wall Street.


Admitámoslo. Aunque ya estábamos en una etapa bastante jodida, el virus ha venido resquebrajar la estructura que estuvo podrida desde su inicio. Esta es una etapa de cambios profundos, aunque nos quieran vender lo contrario y nos presionen por regresar a esa “normalidad”, ahora con nuevas medicinas para curar el estrés, ese que el capitalismo ha logrado despolitizar, fulminando el concepto de lo público. Encerrándonos en nuevos muros concretos y subjetivos.

El estrés es una realidad y la pandemia lo ha venido a profundizar. Incluso para quienes tenemos especialidad en cuarentenas prolongadas, el hecho de no salir de casa para nada, no ver a la tribu en varios días, no abrazar a los seres que nos trasmiten energía y seguridad emocional, está siendo que este proceso sea más retador, especialmente cuando esa voz inconsciente, la que suena más sabía y compasiva que nosotres, nos invita a seguir aventurándonos en el interior para encontrar la raíz del dolor.

Pero no hay que olvidarnos que en esta crisis, de manera inédita en la historia de la humanidad, la estamos sorteando en conjunto. Concretamente en Honduras, que tiene las peores condiciones para enfrentar esta crisis, no podemos olvidarnos de la herida colectiva histórica, en esta y en todas las crisis que ya existían, pero el capitalismo, con la privatización del yo o la espiritualidad corporativista, nos invita a seguir creyendo que las soluciones son individuales y que ya nada podemos hacer por la comunidad. Regresar a lo público, repolitizar nuestra vida en comunidad y nuestra entorno íntimo, serán puntos claves para restablecer una vida digna y por ende, una salud espiritual integral.

Es complejo, por supuesto. Con esto no quiero desmeritar a las personas que realizan su trabajo dentro de la industria mindfulness con ética y con amor, que no son pocas, pero vamos, la hipocresía la dejamos atrás. La religión del yo es otro dogma que atrae mucho dinero a las corporaciones y a los inversores privados. No se diferencia mucho de las iglesias evangélicas que se propagan como pulperías o la iglesia Católica con su conocido poder político y económico para unos cuantos, no para las mayorías.


Estar “felices” en medio de una tragedia mundial

Una ventaja de las crisis es que nos tenemos que quitar el velo, uno de tantos. La espiritualidad capitalista es un verdugo con mil máscaras. Una de ellas es la promesa que llegó la Nueva Era (de Acuario), que promete llevarnos hacia la “liberación” y “felicidad”, después de haber sufrido dos mil años de guerra y hambre con la era anterior (de Piscis). Pero en esta afirmación, ni los astrólogos se ponen de acuerdo.

Aun reconociendo que de alguna manera hemos caído todes en la trampa de las soluciones rápidas y finales felices del mindfulness, porque somos, –sobretodo- consumidores, no se puede obviar la esencia del proceso de cambio. Quienes han leído antes este blog o me conocen en persona, saben que soy crítica de este tipo de pensamiento neojipi que han importado las clases dominantes de EE.UU. – Europa para seguir la jugada colonial, y que, a su vez, expropian y exportan saberes ancestrales de pueblos de todo el mundo, propagando una “revolución de conciencia”, sin cuestionar ni pretender suplantar el sistema político, social y económico.

Entonces te dicen que para ser “más espiritual” debés pasar el día entero meditando y haciendo yoga. Te hacen sentir culpable por comer carbohidratos y carne. Te ofrecen talleres impagables de bienestar y desarrollo personal. Te obligan a adquirir un nuevo paradigma, con los mismos valores corporativistas del sistema. El capitalismo es un cadáver andante que se alimenta del dolor y el sufrimiento de las masas. Quienes utilizan el conocimiento para enriquecerse por medio del engaño, no ha entendido nada y dudo mucho que sean seres que buscan el bien común o el crecimiento espiritual.

Con esto no quiero decir que todas las personas que usamos nuestras herramientas y saberes para encontrar un medio para vivir dignamente, tengamos que hacer un voto de pobreza y regalar nuestro trabajo sin recibir ningún tipo de remuneración. Mucho menos quiero decir que la meditación, la respiración consiente y el yoga u otras medicinas, no sean beneficiosas, por supuesto que lo son. Hay que ser pragmáticas en tiempos de crisis. A un doctor se le paga por lo que sabe hacer y decir. Pasa igual con las personas que hemos decidido salirnos un poco de la rueda y trabajamos con las energías para sanarnos a propios y extraños. Es preciso aclarar que también existen muchas organizaciones y empresas mindfulness que son críticas del sistema capitalista y han comprendido que la espiritualidad es la integración de todos los lenguajes que conduzcan al mismo lugar, sin excluir a nadie por su color de piel, género, nacionalidad o estrato social en ese proceso.

No obstante, el reto de no caer en la misma trampa del zombie-come-cerebros, es mantener los pies en la tierra y la cabeza en el cielo. Es decir, que la consciencia que tanto buscamos no se aleje de nuestra realidad colectiva. Interiorizar que el bienestar y la espiritualidad plena consisten en aprender a compartir, sobretodo en tiempos de crisis extremas, como la actual.

La buena noticia es que, finalmente, lo viejo está muriendo. Muchos buscarán nuevos “refugios” para calmar sus demonios. El fármaco de la “fe” estará en la esquina, junto a las drogas duras. Otros se refugiarán más en las pastillas legales y muchos otros simplemente dejarán de creer que es posible alcanzar esa estabilidad emocional-espiritual en un mundo que se cae a pedazos.

Pero la gran tarea será descubrir ese nuevo paradigma de vida que desmonte el orden patriarcal y la dictadura neoliberal, los grandes culpables de nuestras enfermedades físicas y psíquicas. Es una nueva era, es verdad, pero todavía no es la de Acuario, que promete que todo será maravilloso. La carrera apenas viene comenzando. Y dependerá únicamente de nosotres, como especie dominante, continuar el camino hacia la afirmación de la vida o dejar que sean unos pocos que sigan manipulando nuestros destinos.




 
 
 

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