Regresando a la cueva: hola oscuridad, mi vieja amiga
- Lizbeth Guerrero
- 15 oct 2023
- 5 min de lectura
En algún lugar de Francisco Morazán. Séptimo día de cuarentena. Es temprano, pero no veo la hora en el teléfono. Ya no quiero ver noticias. El encierro total supera mi vieja costumbre de la ermitañación. El megáfono del señor de las frutas y verduras me levanta del colchón. Hornilla, agua, avena y canela. La ventana abierta me trae un destello. Corro al cuarto a escribir en mi libreta lo que acabo de recordar del sueño en la madrugada. En unos minutos la cocina olerá a frijoles recién cocidos y a plátano maduro frito. La avena se irá a mi panza antes de encender mi vieja laptop. Con buen ánimo me pondré a sudar el humo y el estrés. Yoga para mis hombros y espalda. Al ritmo de la Punta para alegrar a mis ancestras negras, tanto que ocupo ahora de su energía. Responderé los mensajes de mami, tías y amigues. Me cuesta pensar que es domingo.
Me pasará el día bastante rápido, de hecho. Mucha lectura, poca escritura, uno que otro podcast. Economizando velas, incienso y agua. Me entrego a la compañía de mis siete cuerpos energéticos y mis seis plantas. Luego de sembrar a mi orégano en su nueva casa, me dedicaré a sortear las olas en las honduras, en medio de una pandemia mundial. Respiro profundo y ahora entiendo porqué llegué a la cueva verde.
Entonces, sucede, finalmente me entrego a lo incierto. Empezar a escribir en una hoja en blanco ha sido la cosa más incómoda de todo este proceso. Pero como sé que viene a inquietar, a sentarme frente a las sombras que voy parchando con luces artificiales, me dejo ir, cual orgasmo volcánico. Quien diga que no intuyó o leyó las señales, es un mentirose. Y por alguna razón que desconozco, pero que me apasiona, mantengo la calma y acepto mi camino, que nunca ha sido fácil, pero tampoco ha sido aburrido. Luego agradeceré el reencuentro doloroso, aunque compasivo, con la sonrisa de quien ha encontrado el amor, ese que nunca te abandona en los tránsitos del infierno o los agujeros negros: el amor propio o, dicho de otro modo, la doble cuántica que me ha salvado desde siempre.
Hello darkness
La matrix se me redujo un poquito bastante y ahora mi nave está en una cueva, en la cima de un cerro. En realidad, el guion ha dado un giro inesperado. El confinamiento en casa me ha devuelto a mí y qué dicha que sea así, aunque siempre tiene un costo alto. Esta tarde he visto una foto de mis abuelos disfrutando del sol en el patio y me he quebrado en llanto, porque no sé cuándo volveré a verles. La tristeza se manifiesta, la llevo a la cocina. Me refugio en el humo sagrado y la ventana me regresa el aliento.
En un primer plano está el cerro, que a pesar de las casitas de barrio alto, se mira frondoso y verde, tranquilo, apaciguador. Cuando me baño, me inclino para ver por la ventanita, un pinito en forma de triángulo perfecto que está en medio de dos montañas. El aire más limpio, la dicha. A mi derecha, allá chiquitita, pero igual de compleja, Teguxibalba. Se mira clarita, sin smog, indefensa. Está todo colocado en perfecta armonía. Atahualpa que no me deja sola, se suma a la familia. Está pasando. Las campanas sonaron, no era la guitarra. Estamos siendo testigxs de un nuevo momento oscuro, la Naturaleza nos mandó a casa – a les priviligiades- a reflexionar, a salvarnos, a merecernos. Sería hipócrita si digo que algo de mí no está disfrutando este momento. Sin embargo, por ratos se deja venir el miedo con todo. Asumo que es normal. Las videollamadas con la tribu y las redes de solidaridad, apañan el agobio. De nada sirve alterarse.
Simixs en cuevas
El panorama ya está más claro, pero el futuro no es nada alentador. Quisiera detener estos días de relativa calma. En la aldea andan los más pequeñxs corriendo como si nada pasara. Recuerdo el gran recreo que fue para mis siete años el Huracán Mitch (1998). Felicidad pura por no ir a la escuela y saltar como energúmena en los ríos cafés que recorrían las calles del barrio La Hoya. Pero esto es mucho más grave que cualquier otra catástrofe natural que yo antes haya visto. Todo es incierto, por ahora. No obstante, en este país tenemos un poder casi innato de resiliencia. Afuera la gente se ríe, hace chistes, comparte memes, crea lazos comunitarios. Los días anteriores fueron más inciertos y los que vendrán, no quisiera imaginar. Pero ahora el camino se dibuja justo en nuestras narices.
Es tiempo del gran despertar y con esto no quisiera caer en etiquetas new age, que vende puras cosas “bonitas” y “luminosas” para “mejorar” la vida de las personas. La revolución espiritual se nos adelantó y ninguna revolución es pacífica. La Madre ya empezó a poner equilibrio en su casa. Desde la cueva, como si fuera el vientre tibio y seguro, nos invita a volver al principio, a la llaga de la herida. En nuestro caso, las mujeres tendremos que sanar a nuestra Eva, a nuestra bruja, a nuestra chamana, a nuestra diosa, reivindicarla en el lugar que estuvo algún día.
La cuarentena me agarró desprevenida, como casi todo en la vida, sin embargo, por alguna razón, estoy fluyendo como quebradita de agua en la montaña. Todavía un poco débil, pero haciendo surcos, visitando nuevos terrenos, asentando mis raíces. Estoy tranquila a pesar de saber que el capitalismo no se acaba todavía, se reinventará el hijueputo, disfrazado de fe, superación personal y entretenimiento basura. Pero habrá miles que volverán a salir de la cueva, tales partos dolorosos y dramáticos, pero que resurgirán, a fin de cuentas, como hemos hecho siempre les centroamericanes, especialmente la gente de este país: resurgiendo de la tierra y negándose a morir, no sin antes tomar café con la flaca y hacerle una broma para que sea piadosa al llevarnos. Porque la muerte ya se había asentado desde mucho antes que llegara este virus, la diferencia es que ahora se suma la aldea global al velorio. La humanidad ha entrado en la parte más oscura de la pesadilla. Pero no hay por qué temer.
Es domingo, aunque sigo sin darme cuenta. Mi almuerzo es una lasagna que hice con pasta precocida. Me ha quedado muy bien. Me he tranquilizado cuando leí que el covid19 es producto de la selección natural. Entonces caigo en cuenta: es un regalo de Gaia, para ella misma, en su necesidad de curarse unas cuantas fiebres. Todo indica que no existe tal conspiración (por ahora) del Estado profundo. Lo que estoy intentando ver, entre la bruma de la incertidumbre y con la lluvia bendita de la tarde, son las lecciones que nos está dejando esta nueve peste, la que nos hizo salir corriendo como animales asustados a los refugios. Ahora más que nunca hace falta el café de mi abuela.
René Pérez ya nos abanderó a les estredades suferadictes con su canción autobiográfica. Ahora sólo tienen que imaginar el estrés de René sin los miles de dólares que gana al año y en seguida les empezará a doler el cuello y los hombros, ademas del corazón. En este y en muchos barrios de la Abya Yala, hace ratos que duele la vida. Agota. Pero tiene la magia suficiente para atraerte de nuevo, para hacerte reír, gozar, bailar y disfrutar del verde, en medio de tanta muerte y oscuridad, sentir que todavía puede existir una nueva oportunidad. Por mientras, a bajarle el volumen al aparato y escuchar el chis chis del agua. Las chicharras no mintieron, quisiera pensar que es una buena señal.





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