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Un cementerio donde las mujeres tejen la vida en comunidad



Este artículo estaba destinado a hablar sobre la muerte. Esa flaca desalmada que nadie quiere. Aunque hay quienes vivimos obsesionadas con ella. En mi caso, quizás el interés natural vino de mi familia materna, que ofrece servicios fúnebres desde principios del Siglo XX, en una de las regiones más violentas del mundo. Puede ser también porque desde pequeña me la he encontrado observándome. Lista para llevarme de regreso a casa. Pero no dejo de temerle, no porque vaya a venir, sino porque no quiero que venga antes de tiempo.

La muerte es la amante tóxica de les escritores/escribidores. Nos pasamos la vida huyendo de ella -y del reloj de arena que trae junto a la pala – pero la pasamos buscando impacientes, insaciables, inconscientes. Pero como dije antes, ella no es el centro de esta corazonada. Es sólo que tuve que aceptar que, esto que vemos en la pantalla y en la ventana es retrato lúgubre. Que todo este surrealismo absurdo es una cotidianidad a la que tratan de acondicionarnos. El neoliberalismo ha normalizado las crisis, la muerte y la vida de los cuerpos en sufrimiento y abandono.

He dejado de ver noticias y de seguir algunas cuentas en mis redes porque es difícil asimilar que el mundo, especialmente Honduras, está convirtiéndose lentamente en un crematorio. La mezcla ruin de basurero y cementerio.

Hace tres días no podía abrir las ventanas por el humo denso causado por los incendios. Por misericordia de Tlaloc, el primero de mayo comenzó a llover. Con el agua se nos olvidó -por un rato- todo lo demás. Ahora la virgen está afuera y sus hijes (con privilegios) en la cueva.

Y entre tanta muerte, ¿dónde encontrar vida? Pues esa pregunta inevitable nos hacemos al caer en esos abismos oscuros del inframundo, rogando para que por fin surjan un par de líneas que iluminen un poco el pantano.

Empecé a leer nuevamente a la maravillosa Rosa Montero y me dejó una frase que la escribí en un postit y la leo que cada vez que no me apetece sentarme a escribir:

Todos necesitamos la belleza para que la vida nos sea soportable

En realidad, Rosa parafrasea a Georges Braque, “el arte es una herida hecha luz”. Ella, sus libros, mi gatito, la palabra de guerreras sanadoras como Lorena Cabnal, Adriana Guzmán y las manadas de ancestras y hermanxs – las de siempre y las que se van construyendo en el respeto y la ternura-, me han rescatado de uno de los tantos hoyos negros a los que nos estamos enfrentando en este confinamiento. Esos adonde no llegan las palabras, en los que se rompe el mito porque que se destruye la luz.

Y esa belleza la (re)encuentro de sorpresa, cuando me siento torpe y sin armas. Reconocer la labor que hacen tribus como la Colectiva de Historiadoras Feministas, las organizaciones feministas, los círculos de mujeres que se dan acompañamiento virtual, las redes de alimentos, medicinas y servicios básicos entre amigas, conocidas, vecinas. Todas las que han tomado estrategias comunitarias desde antes de la era #covid19 y que ahora marcan un precedente para todes les demás.


También pienso en las mujeres que no escapan de la esclavitud y ahora tienen que trabajar el doble desde sus casas y hogares, en los que muchas sufren de todo tipo de violencias. Siento a las mujeres campesinas e indígenas que ahora enfrentan, además de amenazas a muerte por defender la tierra y los bienes comunes, a un virus tan insignificante importado –nuevamente-por los colonos.

Son esos grupos de mujeres fuertes, irreverentes, sabias, racionales y fantásticas, que me han develado esos cables energéticos para volver a mi centro. Juntarnos para lamernos las heridas y enfrentar a la oscuridad. Conspirando con un amor sembrado de manera individual, pero florecido en tejidos tan hermosos como incendiarios. Las raíces de la sororidad se van extendiendo entrelazando debajo de las tumbas de nuestras mártires, que llevan miles de años guardando los secretos de la vida.

Los feminismos me han enseñado que las mujeres siempre le jugamos la vuelta a la muerte. La hacemos nuestra aliada y dejamos que nos bendiga para encontrar ese bendito equilibrio. A la flaca también le interesa que el péndulo se balancee en armonía, pues a la pobre le ha tocado sufrir explotación laboral sin derecho a vacaciones, especialmente en nuestra tierra del olvido.


Perder el sentido a veces es necesario, para resignificarlo, para sentirse mejor en las profundidades. Quitarle las asperezas a tu propia vasija de barro, ¡qué difícil! ¡Y cómo duele! Claro que no deja de doler, -¡todo duele! Duele otra vez la espalda, la vida en total encierro, no poder ir al mar o a la montaña. Lo cotidiano sin el campo, sin los abrazos de las amigas, ni los cafecitos con las abuelas. Duele y es importante decirlo.

Volver a la tribu será el primer paso para no dejarse morir sin dar la batalla a los oscuros, cuya falta de consciencia les impide ver el regalo divino de ser arte. Cuando mis guías espirituales -o el lenguaje de la vida- me recuerdan que toda la humanidad (sin excepción) tiene la oportunidad de retomar el camino, me entra un alivio. «Todos tienen el derecho de volver a casa» dice Rita. Y esa especie de redención, que cuesta mucho creer, en la mayoría de las veces, ha venido por mujeres que no agriaron su corazón por los pesares y decidieron avanzar juntas, resueltas, hambrientas por vivir.

Ahora se me pone la piel de gallina al imaginarme a todas las que estuvieron antes, lo que pasaron para que nosotras estemos hoy acá leyendo y escribiendo nuestra propia historia. Que se junten esas redes en cada rincón de la Madre Tierra. Hoy más que nunca estoy segura que el Patriarcado (el cementerio rodante) está en su etapa agónica. Y es un decreto sagrado reafirmar la vida, los úteros, la fertilidad, la sanación en comunidad.



Imagen expropiada de ellasquierensaber.com

 
 
 

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